La historia se repite... y no está de más recordarlo. La imprenta de tipos móviles y las posibilidades que conllevaba no fueron bien acogidos por todo el mundo. En especial -aunque desde nuestra perspectiva actual parezca raro- por algunos letrados y eruditos que veían mal que "advenedizos" como Gutenberg tuviesen entrada a un sistema cerrado como era el de la copia de manuscritos y el microcosmos cultural creado en torno a los scriptorium medievales. Un fraile dominico de finales del siglo XV, Filippo di Strata, desarrolló contra este invento toda una argumentación, que fue aprobada y compartida por el numerosos miembros del senado veneciano, de la que se derivaba la conclusión "Est virgo hec penna, meretrix est stampificata" [La pluma es una virgen, la imprenta una puta]. Curiosamente, los suyos eran argumentos muy parecidos a los que emplean hoy los que se oponen a las nuevas tecnologías y al libro electrónico. Véanse sino algunos de los males que nuestro fraile le achaca a la imprenta:
-corrompe los textos, que se ponen en circulación en ediciones apresuradas y con faltas
-atiende sólo al beneficio económico, no a la calidad intrínseca de las obras
-corrompe los espíritus, difundiendo textos inmorales y heterodoxos (¿no les suena a aquello de "en internet sólo hay pornografía y basura"?)
- corrompe el saber mismo, que resulta envilecido por el hecho de ser divulgado entre los ignorantes
Fra Filippo no era una voz aislada. Muchos pensaban así, no sólo cuando la imprenta era aún una novedad, sino incluso un siglo más tarde. En fecha tan tardía como 1610, Lope de Vega se hace eco de esta opinión nada menos que en Fuenteovejuna, en un pasaje (versos 892-930) en que el docto Leonelo hace partícipe al campesino Barrildo de sus dudas en cuanto a la utlidad del invento de "Gutemberga, un famoso tudesco de Maguncia": aunque preserva y difunde las obras de valor, también hace circular los errores y los absurdos y permite la usurpación de identidad a los que quieren arruinar la reputación de un autor haciendo circular sandeces con su nombre.
Otros, en quien la baja envidia cabe,
sus locos desatinos escribieron,
y con nombre de aquél que aborrecían
impresos por el mundo los envían.
¿No resulta esta última acusación de lo más familiar?
Pues al fin, objetaba fra Filippo "el mundo ha funcionado perfectamente bien durante seis mil años sin imprenta, y no hay necesidad de que cambie ahora". Los que ahora dicen que "el libro impreso ha funcionado perfectamente bien durante quinientos años, nada lo puede sustituir" quizás deberían volver la vista atrás y reflexionar. Lecciones de la historia...








