No me considero una coleccionista de libros (aunque guardo como oro en paño algunas ediciones antiguas y algunas encuadernaciones especiales que el azar o la generosidad han puesto en mis manos). Ya hace años que intento resistirme al impulso de acaparar libros que, a menudo, sé que no voy a tener tiempo material de leer. Hago todo lo posible por disuadir a mis familiares y amigos de regalarme libros (con cierto éxito, pero no debido a mi insistencia sino a que muchos piensan "seguro que ya lo tiene"). Cuando un libro me llama la atención, procuro recurrir antes al préstamo bibliotecario que a la compra. En suma, me esfuerzo por no acumular más y más ejemplares en mi biblioteca. A pesar de todo, ésta crece y crece: cada vez hay más libros en doble fila o transversales, porque ya el espacio de estanterías se ha agotado. Y no, no voy a poner más librerías. No hay paredes: hasta la cocina tiene su correspondiente cupo libresco. O sea, hemos llegado a ese doloroso momento en que, a la vista de que es imposible encontrar más espacio y tampoco se consigue limitar la entrada de nuevos ejemplares -la tentación es grande, y la carne, débil-, hay que proceder a una poda de lo existente. ¿Por dónde empezar? Un primer vistazo a algunos estantes me permite discernir varios libros que he leído y no me han gustado; otros, que sin duda no leeré nunca por ser su tema o su autor claramente contrario a mis gustos (imposible saber cómo he llegado a poseerlos); otros más, de asuntos que en un tiempo me interesaron -o por los que me vi obligada a interesarme-, pero que ya he alejado de mí. De todos estos podría prescindir sin remordimientos. Aunque sé por amargas experiencias anteriores que, cuando me deshago de un libro que no he abierto en años y años, a las pocas semanas surge inesperadamente la necesidad de consultarlo. No importa, seamos fuertes. Hago una pila de libros "desechables" y a continuación voy a buscar una caja de cartón, que se llena casi sin querer. Mientras resuelvo el siguiente problema, que es qué hacer con ellos (de las diversas opciones que se me ocurren, ninguna parece satisfactoria), dejo la caja en un rincón. Antes de cerrarla, un libro me llama la atención. ¿De qué iba este? ¡Ahh, ya recuerdo! Pues no estaba tan mal. Ves a saber, igual me es útil para eso o lo otro. ¿Y ese que asoma por aquí? Mmm... bonita encuadernación y ¡qué papel más bueno! Claro que, fíjate en este otro, ¡vaya cubierta anticuada! Si es que ahora ya resulta declaradamente "vintage". Casi de coleccionista...
Uno a uno, los libros desechados salen de la caja. Al final, he empleado en ellos varias horas, mucho más de lo que puedo permitirme y de lo que seguramente les he dedicado en todos los años que han ocupado mis estanterías. Que siguen estando igual de llenas. Misión imposible.
Me consuelo leyendo un artículo de Walter Benjamin sobre el coleccionismo de libros:
Sea suficiente aquí con citar la respuesta que Anatole France le dio a un filisteo que admirando su biblioteca terminó con la pregunta de rigor:
-¿Y usted ha leído todos esos libros, monsieur France?
-Ni la décima parte. ¿Acaso usted usa su vajilla china todos los días?















