John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

martes, 15 de septiembre de 2015

CABALLEROS GASCONES

 
 
Es bien cierto que los viajes amplían horizontes, tanto los personales como -si uno tiene esa inclinación- los literarios. En estos días de final de verano, un viaje por tierras gasconas me ha permitido conocer de cerca la tierra natal de uno de los grandes personajes de la literatura romántica, el valiente d'Artagnan. Para quien no esté al corriente del asunto, es cierto que se trata de un personaje de ficción, pero basado en alguien que existió en realidad, Charles de Batz de Castelmore d'Artagnan, nacido entre 1611 y 1615 (no hay certeza en la fecha) en el castillo de Castelmore y muerto con honor durante el asedio a la ciudad holandesa de Maastricht en 1673. Como el héroe de ficción, Charles de Batz (d'Artagnan -en su partida de matrimonio firma como Dartaignan- era el nombre de la familia de su madre, que él adoptó al instalarse en París) era pariente del señor de Tréville, quien le ayudaría a entrar en la compañía de los mosqueteros del rey. Por cierto, que el nombre de "mosqueteros" deriva de que iban armados con un mosquete, algo que pocas veces se ve en las películas de espadachines que luego han inmortalizado a este cuerpo militar. Charles de Batz no sólo fue un aguerrido luchador y un mujeriego impenitente -igual que su contrapartida de ficción-, sino que contó con la confianza del rey Luis XIV hasta el punto de que este le encomendó la detención de su ministro de finanzas, Nicolas Fouquet, a quien llevaría durante tres años de prisión en prisión, y le nombró gobernador de Lille. Pero por muy grandes que fuesen sus hazañas, hubiese permanecido en la oscuridad de la historia de no ser por Dumas, quien a su vez sacó buena parte del material biográfico de unas apócrifas Mémoires de M. d'Artagnan, escritas por un tal Gatien de Courtilz de Sandras en 1700. Aunque el autor no conoció en persona a su héroe, sí debió de recopilar mucha información sobre él durante su encierro en la Bastilla -entre otras cosas, se dedicaba al panfleto político- cuyo alcaide era por aquel entonces Besmaux, que había sido compañero de d'Artagnan. A mí me parece fascinante la manera en que la literatura toma a un personaje real y, a través de varias encarnaciones novelescas, lo convierte, como en este caso, en alguien inmortal.
Por eso, no podía dejar de visitar Lupiac, el pueblo natal de nuestro héroe, un lugar pequeñísimo y no tocado apenas por el progreso, cuyo único reclamo turístico reside en un par de estatuas -una de ellas en la única plaza del villorrio- y un museo que no es gran cosa.
 
 





Pero es que esos cuerpos formados por los "cadets de Gascogne" tienen mucha historia y mucha literatura. La palabra "cadet" -incorporado ahora al francés con el sentido de "hijo pequeño de una familia"- proviene del gascón (una variante del occitano) y designaba  a los hijos menores de las familias de la pequeña nobleza gascona que, dado que no tenían esperanzas de heredar, partían a París a ponerse al servicio del rey. Estos "cadets" se ganaron fama de valientes, pero también de orgullosos y de mujeriegos. El propio Dumas subraya, nada más comenzar su novela, la primera de estas características:
"Don Quijote tomaba los molinos de viento por gigantes y los rebaños por ejércitos: d'Artagnan tomó cada sonrisa por un insulto y cada mirada por una provocación. Por esta razón, desde Tarbes a Meung, llevó siempre el puño cerrado, y por lo menos echó mano a la espada diez veces al día."
Por supuesto, también los restantes tres mosqueteros tienen su equivalente en el mundo real, aunque no siempre tan cercano ni tan ajustado a la historia como en el caso de d'Artagnan. Y esta compañía cuenta entre sus filas con otro personaje literario de altura: Savinien de Cyrano de Bergerac, que también formó parte de ella. Pero -cosa graciosa- el Cyrano real no era gascón, sino que nació en París y el Bergerac que añadió a su apellido el nombre de una propiedad que su padre, antiguo pescatero enriquecido, compró cerca de París. Sin embargo, el hecho de que la mayoría de los mosqueteros fuesen de origen gascón propició el malentendido, que se ha perpetuado hasta el punto de que el Bergerac "falso", ubicado en el actual departamento de Dordogne, pero dentro de la región histórica de la Gascuña, vive de los réditos turísticos de este personaje y cuenta incluso con una estatua suya en su municipio. Y las referencias cruzadas se multiplican: en el Cyrano de Rostand, d'Artagnan y Cyrano se encuentran. También otros autores supieron encontrar un filón en esta coincidencia, como el folletinista Paul Féval, que escribió nada menos que siete novelas con diferentes episodios de la rivalidad entre Cyrano y d'Artagnan.
 
 
 
 
No me dirán que no se aprende viajando. Al final, lo que más lamenté es no poder visitar la verdadera morada de d'Artagnan, el castillo de Castelmore, que sigue en manos privadas. A juzgar por las fotos que se exponen en el museo, sigue tan destartalado como cuando nuestro héroe lo dejó para ir en busca de aventuras.
 
 
 
 
 

lunes, 31 de agosto de 2015

EXILIOS

Agota Kristof (foto: Gamma)

Una tarde de noviembre de 1956, Agota Kristof, una joven húngara de 22 años emprendió, junto con su marido y su hija de cuatro meses, un azaroso viaje en compañía de un pequeño grupo de gente, guiados a través de la montaña por alguien que les abandonó a medio camino, llevándose con él todo su dinero.

"Formamos un grupo de unas diez personas, algunas de ellas niños. Mi hija duerme en brazos de su padre y yo llevo dos bolsas. En una hay biberones, pañales y ropita de recambio para la criatura; en la otra, diccionarios. Caminamos en silencio siguiendo a Joseph durante cerca de una hora. La oscuridad es casi absoluta. De vez en cuando, los fusiles luminosos y los proyectiles lo iluminan todo, y se oyen explosiones y disparos, pero en seguida el silencio y la oscuridad vuelven a engullirlo todo."

Era el principio de un peregrinaje que les llevaría desde la Hungría invadida por las tropas rusas a Viena, primero  -donde su marido "pasa los días esperando en los despechos de las diferentes embajadas para encontrar un país que nos acoja"- y luego a distintas poblaciones suizas, para acabar instalados en Valangin. En sus breves memorias tituladas La analfabeta, la que sería escritora famosa y premiada dice:

"Lo que me resulta curioso son los pocos recuerdos que conservo de todo aquello. Es como si todo formase parte de un sueño, o de otra vida. Como si mi memoria se negase a recordar aquel momento en que perdí gran parte de mi vida. En Hungría, he dejado mi dietario de escritora secreta, y también mis primeros poemas. He dejado a mis hermanos y a mis padres, sin previo aviso, sin despedirme ni decirles adiós. Pero sobre todo, aquel día, aquel día de finales de noviembre de 1956, perdí definitivamente el sentimiento de pertenecer a un pueblo."

Duro es abandonar la propia tierra, la propia lengua, las propias raíces. Pero la vida en el exilio tampoco es fácil. Materialmente, viven mejor. Su vida no corre peligro. Pero, como dice Kristof, "en relación a todo lo que hemos perdido, lo hemos pagado muy caro". Dos de sus compañeros se volvieron a Hungría, aunque allí les esperaba la cárcel. Otros cuatro se suicidaron durante los primeros dos años de exilio. Uno de ellos era una chica de dieciocho años.

La literatura ayuda a comprender la realidad. Estos días, las devastadoras imágenes de la marea humana que huye del terror, la represión y la miseria sin duda nos conmueven, pero ante su recurrencia, uno acaba por tener la impresión de que son un hecho, una noticia. Y no. Cada uno de ellos, cada uno de estos refugiados, es una persona. Que sufre el miedo, las fatigas y la incertidumbre del viaje y que, si algún día encuentra al fin un refugio seguro, seguirá sintiendo el dolor del exilio, de ser un extranjero, de tener las raíces cortadas. Todos y cada uno de ellos son Agota Kristof.

Foto: Chen Chunxiang/Corbis

lunes, 24 de agosto de 2015

LEER EN PÚBLICO


 
 
Igual que, a salvo  en la intimidad del hogar, uno se permite actos que la educación y el decoro le impiden llevar a cabo en público, también hay libros con los que uno preferiría no ser visto. O no al menos por desconocidos. Y es que leer en público, incluso el mero hecho de llevar bajo el brazo un libro determinado, nos define a ojos de los demás. Lo explica muy bien Alberto Manguel:
"Una prima lejana tenía muy en cuenta que los libros pueden funcionar como emblemas, como signos de alianza, y siempre elegía el libro que llevaba de viaje con el mismo cuidado con que escogía su bolso de mano. No viajaba con Romain Rolland porque pensaba que le hacía parecer demasiado pretenciosa, ni con Agatha Christie porque le hacía parecer demasiado vulgar. Camus era adecuado para un viaje breve, Cronin para los largos; una novela policiaca de Vera Caspary o Ellery Queen estaba bien para un fin de semana en el campo; y una novela de Graham Greene para viajes en barco o en avión."
 
Por supuesto, no es concebible emprender un viaje -sea este largo o corto- sin haberse provisto de alguna lectura. Pero, tal como muestra el delicioso ejemplo de la prima de Manguel, hay que ser prudente al elegirla. Un paso en falso y puede que hayamos de sufrir durante todo el trayecto la mirada de desprecio del hipster que se sienta a nuestro lado, que seguramente considera que leer a Galdós es  de lo más anticuado. (Aunque, por otro lado, entra dentro de lo probable que no sepa quién es este señor.) El mismo impulso que nos lleva a juzgar a los demás por la ropa que llevan, o por su peinado, hace que les encuadremos en determinada categoría de acuerdo con el libro que van leyendo.
Así que a veces los lectores debemos, como la previsora prima, ejercer cierta censura sobre nuestros gustos para no ser tachados de cursis, o de esnobs o de cualquier otro adjetivo del cual no creemos ser merecedores. Recuerdo perfectamente un viaje en avión en compañía de un colega de trabajo que se me hizo eterno porque el libro que llevaba en mi bolso -mi lectura de esos días, que ardía en deseos de reanudar- era la Anábasis de Jenofonte. Durante la hora y media que duró el vuelo, estuve debatiéndome entre las ganas de sacarlo y enfrascarme en su lectura -que, además, me hubiese permitido ahorrarme la anodina conversación de mi compañero- y las pocas ganas de responder las preguntas que anticipaba si lo hacía -¿qué es eso que lees? ¿de qué va? ¿griegos antiguos?-, que además me temía que desembocarían en una mirada de incomprensión. (Sí, ya sé, hubiese debido aclararle que no es más que una apasionante novela de aventuras, el relato de un grupo de mercenarios que, fracasados en su misión y aislados en territorio enemigo, intentan por todos los medios regresar a su casa. Una trama digna de Hollywood.)


 
 
Por otro lado, no hay cosa más entretenida que intentar adivinar algo de las personas que leen en público a través del libro que sostienen entre las manos. A menudo, el personaje y su libro entran dentro de lo previsible. Parafraseando a Manguel, podríamos decir que el emblema responde a lo que son. Pero, de vez en cuando, uno descubre una pieza que no encaja: un señor canoso y trajeado que va leyendo una novela gráfica, una chica rapada y llena de tatuajes que lee a Jane Austen... Rarezas que resultan refrescantes entre el mar de bestsellers de ayer y de hoy que devoran la mayoría. Aunque... tal vez los estemos juzgando mal. ¿Quién dice que esa chica que parece tan interesada en La catedral del mar no es en realidad, en privado, fiel lectora de Jonathan Franzen?

 

martes, 21 de julio de 2015

EL LABERINTO DE LAS LECTURAS

Existen gentes sin duda admirables capaces de seguir al pie de la letra un programa de lecturas -ya sea un canon cualquiera de los muchos que circulan por ahí, la lista que les ha dado su profesor o las recomendaciones del suplemento cultural que suelen comprar-, gentes que no admiten desviaciones y que se muestran indiferentes ante los cantos de sirena de otras lecturas. Algunos, los más firmes en su propósito, elaboran minuciosas fichas y llevan la cuenta de lo leído. No me cabe duda de que personas de tanta solidez moral consiguen sus propósitos en la vida. Por mi parte, (¿mal?) acostumbrada a una niñez y adolescencia de lecturas erráticas, eclécticas, torrenciales, a combinar el Capitán América con Flaubert y pasar de ahí sin pestañear a los cuentos de Cortázar o a las novelas de Agatha Christie, la primera vez que me topé -debió de ser ya en la  universidad- con un especimen de lector organizado, tuve la impresión de encontrarme ante un marciano. Hasta entonces, nunca se me había ocurrido que uno podía (¿debía?) leer para "hacerse una educación", para cumplir con ciertos requisitos culturales o para ganarse la admiración de los demás. Aunque con el tiempo he llegado a comprender la utilidad de esta actitud para alcanzar ciertas metas, mis escasos intentos por seguir tan loable ejemplo han resultado siempre fallidos.  Ha ocurrido que comience un programa de lecturas con toda la intención de seguirlo a rajatabla. Voluntad de leer no me falta, eso está claro. El problema es que los libros llevaban a otros, y esos otros nunca parecían ser los requeridos por la inapelable lista. Inevitablemente, un autor mencionaba a otro -si era desconocido para mí, eso le daba aún mayor aliciente-; el libro que yo buscaba se encontraba en la librería junto a otro mucho más atractivo, o intrigante; justo entonces alguien me hablaba con fervor de una novela que acababa de leer -y que por supuesto no tenía nada que ver con la dichosa lista-... Imposible resistirse a todas estas tentaciones. De forma inevitable, el programa de lecturas quedaba arrinconado.  En un pasaje de su libro autobiográfico El balcón en invierno, Luis Landero describe de este modo su descubrimiento del goce de la lectura:
"Aquel verano de 1969 [...] comencé uno de los festines literarios más ávidos y pródigos que pueda imaginarse. Estuve un mes en Sitges, tocando cada noche en una sala de fiestas para turistas, pero el resto del tiempo me lo pasaba leyendo y releyendo, con una voracidad insaciable, y como cada libro me llevaba a otro libro, y cada pasadizo se bifurcaba en otros muchos, y aquello parecía no tener fin, yo parecía felizmente extraviado en ese laberinto, con la esperanza de no salir jamás de él."
 Así me siento yo ante la lectura, "felizmente extraviada" en ese laberinto que se bifurca incansablemente. Como ocurre con la sabiduría -los verdaderos sabios admiten que, cuanto más saben, más conscientes son de todo lo que les queda por aprender-, en el universo lector cada nuevo libro abre la puerta a muchos otros libros posibles. El autor, la época, el tema, el estilo, los personajes... todos y cada uno de estos elementos son como anzuelos con los que pescar muchos otros libros relacionados de algún modo con ellos. Y yo me dejo llevar por la corriente...
 
 
 
 
La mejor manifestación física del laberinto de las lecturas son las bibliotecas. Cada biblioteca que se visita por primera vez es como una cueva de Alí Babá, llena de potenciales tesoros. Últimamente me ha ocurrido que, necesitada de consultar ciertas obras por motivos profesionales, decidí que resulta más rápido averiguar en qué biblioteca de mi ciudad se encuentra el volumen en cuestión y plantarme allí que pedir que me lo acerquen a la mía habitual. De este modo, estoy haciéndome una verdadera ruta de bibliotecas, ciertamente interesante, pero también llena de peligros. Porque, tras consultar lo que sea que me ha llevado hasta allí, mis pies -que parecen cobrar vida propia- me conducen siempre a la sección de novelas, donde acabo pasando una cantidad de tiempo desmesurada. Y, cómo no,  salgo de allí inexorablemente con algún libro bajo el brazo. Con el deber cumplido, eso sí, pero sobre todo feliz por haber podido explorar un nuevo laberinto libresco y por la cosecha obtenida.
 
   

martes, 7 de julio de 2015

LEER POR PROCURACIÓN

(Foto: books-cupcakes.tumblr.com)

Siendo como es la lectura una actividad solitaria, puede ser también un importante nexo de unión. Con otros mundos, otras mentalidades, otras épocas, por supuesto. Con el universo interior del autor, cómo no. Y también con otros lectores como nosotros mismos, pues comentar una lectura es el complemento perfecto de haberla leído. Hay gente -hablamos de ello en otra ocasión- que utiliza los libros como gancho para ligar. (Aunque de estos, algunos ni siquiera los han leído.) Hay parejas muy lectoras cuya relación está cimentada sobre las lecturas compartidas, sobre el placer de intercambiar opiniones y pasajes favoritos. Y luego están las lecturas por procuración. ¿En qué consiste este curioso proceso?
Cuando quien te acompaña -ya sea cónyuge, novio/a o amigo/a del alma- es otro lector apasionado, te es dado vivir a través de él (o ella) todas las fases de la lectura: la anticipación de un libro que ansía desde hace tiempo, sus primeras impresiones, el avance más o menos rápido a través de sus páginas -y la pasión o decepción que genera-, así como conocer de primera mano qué le ha parecido el final, cómo se siente después de haber leído esa obra y si ha estado a la altura de sus expectativas. Casi, casi, como si tú mismo hubieses sido el lector. Así, ocurre que hay parejas que tienen gustos lectores distintos -uno es apasionado de la gran novela americana, el otro se inclina por las biografías; uno lee clásicos del XIX, otro novela gráfica o divulgación científica- y casi nunca uno leeré lo que el otro ha leído. Pero el resultado de su puesta en común de la experiencia lectora es que cada uno cree saber a la perfección cómo es lo que el otro ha leído. Por una especie de ósmosis, cada cual absorbe las lecturas del otro.
 
(Ilustración de flapperdoodle)
 
Ahora bien, ¿si he leído por procuración una novela, puedo decir que la he leído? Bueno, Pierre Bayard hacía todo un arte del no-leer libros en su Cómo hablar de los libros que no se han leído, demostrando que incluso la cultura literaria del hombre más letrado no está hecha sólo de lecturas; también de malentendidos, invenciones, libros olvidados, referencias cruzadas, vistazos más o menos eficaces, y reivindicando la importancia de los comentarios críticos escuchados como eco, de la conversación literaria. La lectura por procuración forma parte de este entramado de no-verdaderas-lecturas que, al fin, conforman una suerte de universo lector paralelo.
Está lo que hemos leído y recordamos, lo que leímos alguna vez, pero hemos olvidado, y lo que nunca leímos, pero de lo cual sabemos mucho. Al final, los grandes lectores tenemos a veces problemas para diferenciar una experiencia de lectura de otra.
Eso sí, procuramos no salir nunca con no-lectores. Como decía tan sabiamente John Waters:
“If you go home with somebody, and they don't have books, don't fuck 'em!”
Pues eso.
 
 
 
  

lunes, 29 de junio de 2015

HOTELES LITERARIOS



El verano invita a hacer la maleta y tomar el portante. Cambiar de aires y de rutina. Sustituir las estancias familiares -ya muy vistas- por una habitación de hotel. ¡Hay que ver lo sugerentes y novelescos que resultan los hoteles! Durante unos días, se comparte una cierta intimidad con perfectos desconocidos, ellos también de paso. Te topas con ellos en el ascensor, en el desayuno -estos seguro que salieron de fiesta ayer, mira qué mala cara traen-, en el mostrador de recepción, intercambias algún saludo, haces cábalas sobre las relaciones que los unen y sobre su procedencia. No sabéis nada unos de otros, pero estáis condenados a veros a menudo. La situación perfecta para imaginar complicadas historias, o quién sabe si para vivirlas...

Es lógico que los hoteles se hayan convertido en el escenario preferido de tantas tramas literarias. Lo primero que viene a mi mente es la imagen del lujoso y decadente hotel del Lido, donde el pobre Von Aschenbach era incapaz de sacarle los ojos de encima al bellísimo Tadzio. Thomas Mann -que imagino frecuentaría estos establecimientos- supo hacer buen uso de ellos (La montaña mágica, de hecho, es una variante, en la que el hotel se ha convertido en un sanatorio de montaña). 




Un ambiente parecido -aunque menos lujoso-encontramos en los cuentos que componen el volumen de Katherine Mansfield En un balneario alemán. Además de diseccionar con un ojo agudísimo los tipos humanos que pueblan esa modesta pensión -los posibles de la Mansfield no estaban a la altura de los del patricio Mann-, la autora aprovecha estos relatos de claro trasfondo autobiogràfico para reírse un rato de los alemanes. Y eso, justo antes de la Gran Guerra...



De estos encuentros fortuitos, con desconocidos que quizás no volvamos a ver, nacen a veces insólitas confidencias. Como la historia que le cuenta en una pensión de la Riviera una señora entrada en años al narrador de Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig. Por supuesto, los hoteles no dan pie sólo a relaciones más o menos turbias entre sus huéspedes, sino a veces a asuntos más truculentos. De esto sabía mucho la gran dama del crimen británica, Agatha Christie. Aparte de poblar casas solariegas y tranquilos pueblecitos ingleses, sus asesinos actúan también en hoteles, ya sea locales -como en En el hotel Bertram- o extranjeros -como en Misterio en el Caribe-. 
Arnold Bennett, por su parte, llevó su afición por la vida de hotel hasta dedicarles no una, sino dos novelas -El Gran Hotel Babilonia e Imperial Hotel-, ambas inspiradas en un hotel real, el Savoy de Londres, del que Bennett era asiduo. Porque -pensaría el bueno de Arnold- pudiéndose alojar en un hotel tan excelente como el Savoy, ¿quién querría salir de él? (Por cierto, si alguien desea saber más sobre este autor tan injustamente relegado y sus obras, varios blogueros nos ocupamos de él aquí.)
No todos los hoteles, sin embargo, son tan cómodos como el Savoy. Sin duda algo de esto debió de padecer E. M. Forster, que arranca su inolvidable Una habitación con vistas con las quejas de unas turistas ingleses acerca de las habitaciones de la Pension Bertolini en Florencia.

Pero me doy cuenta de que nos estamos adentrando en pleno territorio nostálgico. Ninguno de estos hoteles, ni el lujoso Savoy, ni las sencillas pensiones alemanas, tiene mucho que ver con la asepsia y funcionalidad de las cadenas hoteleras de hoy en día. A la hora de decidir un destino, tal vez sea preferible guardar la maleta, cerrar la página de Tripadvisor, y encaminarse a la librería, donde los hoteles que se nos ofrecen son infinitamente más interesantes.

(Soy consciente de que en esta relación de hoteles literarios faltan muchos que merecerían aparecer aquí. Quien lo desee, encontrará más sugerencias en el blog de Bibliomanías y otros desvaríos, a quien agradezco la idea para confeccionar este post. ¡E invito a mis lectores a aportar también sus "hoteles literarios"!)


lunes, 22 de junio de 2015

ENAMORARSE, VERSIÓN LIBRO

 
 
Hay libros que nos entretienen; nos gustan y volvemos las páginas con agrado, pero si surge otro pasatiempo más interesante, no dudamos en dejarlo de lado para dedicarnos a otros asuntos. Otros son muy emocionantes, llenos de tensión y suspense: los leemos a toda velocidad, pendientes casi únicamente de ver cómo acaba la cosa, esperando llegar a los casi seguros fuegos artificiales o el inesperado giro final. Sin embargo a veces, pocas veces (casi tan pocas como en la vida real), resulta que nos enamoramos de un libro. ¿Que cómo lo sabemos? Muy sencillo: experimentamos todos los síntomas característicos del enamoramiento.
 
-No hay suficientes horas al día para estar con él: si es un día laborable, por supuesto estás deseando llegar a casa para darte a la lectura; quizás hasta inventas alguna excusa para salir antes. Cada minuto que pasas sin estar sumergida en su historia te parece un minuto perdido. Si es día de fiesta, te encierras con él a cal y canto, con cartel de "no molestar" incluido. Ni las fiestas más apetecibles ni las obligaciones familiares resultan suficientemente poderosos para sustraerse a su influjo.
 
-Placer y dolor. Al mismo tiempo, como ocurre con esos amores que tienen fecha de caducidad (quizás él -o ella- está a punto de mudarse a otro país) y por eso mismo son más urgentes e intensos, sabes que no puede durar: cada página que lees es una fuente de felicidad, pero también un paso más hacia el final, hacia ese fatídico instante en que ya no habrá más amor, porque habrás acabado el libro.
 
-No hay otro igual. Aunque sabes que no eres el primero, alimentas la ilusión de ser el auténtico lector: el único que realmente ha sabido extraer de sus páginas todo cuanto hay en él de interesante y bello. Quieres creer que la historia se abre para ti como nunca antes lo ha hecho para nadie.
 
Sir John Lavery, Miss Auras, The Red Book
(1907)
 
 
-Sólo sabes que eres feliz. Cuando estás con él, se te olvidan todos los problemas y el resto del mundo desaparece de tu vista. No concibes mayor felicidad que pasar unas horas en su compañía.
 
-El cosquilleo de la anticipación: si leerlo es un placer, pensar en que pronto vas a estar leyéndolo es casi igual de placentero. Siempre que no estás absorta en la historia, estás anticipando el anhelado momento en que por fin podrás abrir sus páginas y zambullirte en él.
 
-Perdura en el recuerdo. Cuando lo terminas (sí, es inevitable que llegue ese día), si el libro ha sido fiel a su promesa -por desgracia los hay que te dejan colgada, igual que hay amados que parecen príncipes y resultan ranas-, te queda un maravilloso recuerdo. De esas memorias que iluminan los momentos sombríos, que llevas para siempre contigo como un tesoro. En esto, el enamoramiento libresco suele superar al de la vida real: no hay rupturas desagradables, no hay recriminaciones ni traición. Pasan los años y el libro sigue ahí, siempre igual a sí mismo. Con una enorme ventaja: siempre puedes retornar a él.