John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

lunes, 27 de junio de 2016

ELOGIO DE LOS LIBROS MALOS

 
Tengo apuntada por ahí una frase que mis notas atribuyen a Augusto Monterroso, aunque luego me ha sido imposible verificar su procedencia; algunos autores reputados por sus agudezas, como sucede también con Oscar Wilde, tienen la virtud de cargar con frases que tal vez nunca escribieron ni pronunciaron. Aunque imagino que ellos se conformarían con que estuviesen a la altura de su ingenio. Sea o no suya, pues, la frase en cuestión dice: "Sin libros malos no es posible formarse un gusto lector". Cada vez que cae en mis manos un artículo que habla de la necesidad de fomentar la lectura en los jóvenes le doy la razón, porque las medidas que por regla general proponen me ponen los pelos de punta. Desde luego, las "lecturas obligatorias" del currículo escolar parecen en su mayor parte destinadas a hacer que los jóvenes se alejen a toda velocidad de cualquier cosa que huela a literatura. Si se trata de formar lectores, cuanta menos obligación y más libertad de elección se le ponga al proceso, mejor.
¿Cómo se forma un gusto lector? Pues, como ocurre también con la comida, con el arte, con el cine..., leyendo de todo y en abundancia. También -y esto es muy necesario- libros malos. Tal vez debería decir -por simplificar y para no entrar en la eterna e irresoluble cuestión de qué libros son malos y cuáles buenos-, "libros que el conjunto de la crítica considera malos" (otra cosa es que el gusto y los cánones vayan mutando, pero no nos detendremos en este asunto aquí). Porque uno aprende a discernir lecturas por comparación. El paladar del lector se educa igual que su referente físico: probando mucho, aquí y allí, cosas diferentes y rememorando después cuáles han dejado una sensación más placentera. Si uno nunca ha probado el jamón ibérico, cualquiera le parecerá bien; es jamón y eso es lo importante. Pero el día que pruebe un auténtico jamón de bellota, empezará a darse cuenta de que ahí hay algo que los jamones anteriores no le ofrecían. Lo mismo sucede con los libros. Para apreciar en verdad una gran obra literaria -o una obra excelente en cualquier género- es preciso haberse fogueado antes con obras mediocres e incluso francamente malas. Sólo así, por comparación, el lector se da cuenta de qué es lo que le ofrece este libro que los demás no le ofrecían.
 
 
 
 
Mi gran afición por la novela policiaca se fraguó -como la de tantos adolescentes, sospecho que muchos pasan por una fase Agatha Christie- con las novelas protagonizadas por Hércules Poirot y Miss Marple. De estas novelas me interesaba casi exclusivamente el mecanismo de la intriga (¿quién fue el asesino? ¿cómo lo hizo?) y, marginalmente, los retratos de los dos investigadores, cada cual con sus pequeñas excentricidades y manías (deliberadamente exageradas por la autora, pero esto no me parecía mal entonces). A esta dieta básica se le añadieron, por proximidad temática, innumerables novelitas de las que sólo conservo un vago recuerdo, entre ellas numerosas pertenecientes a la categoría que los americanos llaman "pulp", y que de hecho en su mayoría estaban pensadas para ser consumidas y rápidamente olvidadas. Pero cumplían bien con mi afán de encontrar misterio y aventura. Luego, este poso de lecturas de escaso relieve literario me sirvió de trampolín para adentrarme en aguas más profundas, gracias a la colección "El séptimo círculo" de Emecé (una colección dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares), donde descubrí que los asesinatos y sus investigadores podían tener más sabor y mayor hondura psicológica. Autores como Michael Innes, Nicholas Blake (seudónimo del poeta Cecil Day Lewis) o Wilkie Collins; tramas brillantísimas, casos escalofriantes, personajes con un trasfondo psicológico inédito hasta entonces, de la mano de autores como Vera Caspary, James M. Cain o Patrick Quentin. De ahí resultaba muy fácil pasar a otras intrigas, donde tal vez no había sangre ni tiros, pero sí conflicto humano, la materia de que están hechas las grandes novelas.
No lamento ni uno de los malos libros que he leído, y los maestros y educadores deberían ser más tolerantes con ellos, porque son la materia a partir de la que se han creado muchos buenos lectores.

jueves, 16 de junio de 2016

LIBRERÍAS, MÁS QUE TIENDAS DE LIBROS

Ferretería Guinea, Vitoria.
 
Como el comercio en general, las librerías han experimentado un gran cambio en las últimas décadas. Recuerdo con algo de nostalgia aquellos abigarrados establecimientos de mi infancia, donde tanto vendían alpargatas como abono para los rosales, llenos hasta el techo de estanterías, armarios y pilas donde se ocultaban mil artículos insospechados. Las librerías de antes también eran así, grandes cuevas de Alibabá, donde escarbar en busca de tesoros (en Barcelona, cerró hace poco uno de los últimos ejemplos de este género, la librería Canuda, ahora sustituida por una tienda de la cadena Mango). Durante un tiempo, la "cadenización" también pareció adueñarse del comercio de libros, con Casas del Libro y Fnacs proliferando en toda nuestra geografía. Igual que ha ocurrido con las tiendas de ropa o zapatos, tanto da hoy que uno esté en Sevilla o en Vigo, el producto y la forma de presentarlo es el mismo en todos lados.
 
 
La desaparecida librería Canuda
 
En estas librerías "cadenizadas" no hay selección individual (la personalidad del librero no cuenta, son intercambiables), y el espacio de las mesas y estanterías se otorga siguiendo un estricto criterio comercial: se ve más el que más vende (o el que más ha pagado). A cambio, estas nuevas tiendas de libros son luminosas, amplias y presumen de tener libros de todos los temas y para todos los gustos. Como las mercerías, las ferreterías de barrio o aquellas tiendas que llevaban el curioso rótulo de "Novedades" (que parecían consistir fundamentalmente en camisones, bragas y calcetines), las pequeñas librerías se han ido rindiendo ante el empuje de las nuevas técnicas de marketing. Pero, paralelamente, ha aparecido otra tendencia en el mundo de la librería: librerías donde uno no sólo va a comprar libros, sino que puede también pasar el rato, quedar con amigos, sentarse en un cómodo sillón y hojear el libro que le apetezca (y encima el librero no te mira con mala cara). Algunas ofrecen tés o cafés, otras vinos, y las hay que cuentan con coquetonas terrazas donde dan menús al mediodía. Otras montan -aparte de las usuales presentaciones- clases o clubs de lectura. Aspiran a ser centros de intercambio cultural, no templos del comercio.
 
 
Librería Tipos infames, Madrid.
 
Podríamos decir que las viejas librerías se han reinventado. Mejor dicho, han  vuelto a los orígenes. Porque, si rebuscamos en el pasado, veremos que desde antiguo las librerías cumplían un papel que iba mucho más allá de la venta de libros. Así, por ejemplo, hacia 1790 el bibliófilo y erudito Isaac D' Israeli (padre del político y Primer Ministro británico Benjamin Disraeli) decía:
 
"...cuando los clubs literarios no existían, y cuando incluso los de cariz poítico eran muy limitados y exclusivos en su naturaleza, las tiendas de los libreros [en Piccadilly] eran centros de reunión social. La de Debrett era el local social principal de los Whigs, mientras que Hatchard lo era de los Tories."*
Joseph Johnson (otro librero de la época) solía ofrecer cenas tempranas a un grupo de amigos, entre los que se contaban William Godwin, Mary Wollstonecraft, Thomas Paine y el artista Henry Fuseli, mientras que la tienda de Debrett era donde se dejaban ver durante el día las personas a la moda. Thomas Payne, que regentó una librería cerca de Leicester Fields, describía su establecimiento como "Café Literario y Librería combinados", una tradición que continuó su asistente John Hatchard cuando se estableció por su cuenta en Piccadilly, con una mesa llena de periódicos junto al fuego (donde a menudo los lectores acababan echando una siestecita), y un banco junto a la puerta de la calle para los cocheros.
 
 
La primera librería de Hatchard abrió en 1797 en Piccadilly.
 
Los libreros de hoy, pues, que han redescubierto la librería como lugar de socialización, no hacen más que recuperar una vieja tradición. Y los lectores les estamos muy agradecidos por ello.
 
*Cita procedente del libro de Margaret Willes Reading Matters.

martes, 7 de junio de 2016

LOS MISTERIOSOS ITINERARIOS DE LOS LIBROS

 
Itinerario: "Plan de un viaje, recorrido, ruta, trayecto". Hablábamos en el post anterior de los itinerarios de lecturas. Pero hay otro aspecto a considerar aquí, que señala con acierto Christian Vázquez en la revista Letras libres: el itinerario que recorren los propios libros. Seguir la pista a ese libro que cogemos prestado en la biblioteca, que encontramos en una librería de viejo o en la estantería de algún conocido, puede ser fascinante. ¿Por qué manos habrá pasado? (Debo lamentar aquí que algunos ejemplares de las bibliotecas se diría que han pasado por demasiadas manos, y no muy aseadas, a juzgar por su maltrecho aspecto.) ¿Quiénes eran esos lectores que nos han precedido? Y, sobre todo, ¿cuál habrá sido su reacción ante el libro? ¿Les habrá gustado tanto como a nosotros? Vázquez cita una anécdota, no se sabe si cierta o "ben trovata" a propósito de esto:  
Alguien encuentra un pelo entre las páginas de un libro que ha tomado de una biblioteca pública en una ciudad de 200 mil habitantes. “Un libro maravilloso”, dice. Al buscar las fechas de los préstamos anteriores, descubre que solo salió de la biblioteca dos veces: la primera, quince años atrás; la segunda, ahora. “Pediré que cotejen su ADN y buscaré y abrazaré a esa persona y la invitaré también a una cena”, anuncia este lector.
Porque, como el entusiasta lector que menciona, es inevitable que surja un sentimiento de fraternidad para con alguien que ha valorado un libro en la misma medida que tú. Compartir gustos lectores puede ser una marca distintiva que une a amplios grupos de personas -los fans de Murakami, los que veneran a Gaddis...-, pero el sentimiento resulta aún más intenso, más cercano, si estamos hablando del mismo ejemplar. Si, físicamente -esto no vale para el libro electrónico, desde luego- sabemos que ese otro lector volvió las mismas páginas y tal vez se detuvo en los mismo pasajes que nos han deleitado. De ese fetichismo nace el valor que se les otorga entre los bibliófilos a los ejemplares que proceden de bibliotecas ilustres. Andrew Lang, un ilustre bibliófilo escocés del XIX, lo formula así: 
Si queremos comprender al coleccionista de libros, no debemos olvidar nunca que para él los libros son, ante todo, RELIQUIAS. Le complace pensar que los grandes escritores a los que admira manejaron exactamente esas páginas y vieron la misma disposición tipográfica que él tiene ahora ante sus ojos.
Lo que conecta con la idea que apunta Vázquez de que, al leer, algo de la persona queda en el libro. Puede parecer mágico, pero tiene una base real, por supuesto: como sabe cualquier espectador de alguno de los muchos CSI que circulan por ahí, seguro que hemos dejado en él algunas células, la huella de nuestros dedos, por no hablar de trazas de grasa o esa traicionera manchita de café...
 
 
 
 
Trazar el itinerario de un libro procedente de una biblioteca es sencillo: basta con recurrir a la ficha, que nos dirá cuándo y cuántas veces ha sido prestado. Claro que eso no es suficiente, sabremos de sus idas y venidas, pero no de quiénes han sido sus lectores y mucho menos la opinión que les ha merecido. El Bookcrossing es otra forma de reproducir el itinerario del libro, aunque también con sus limitaciones. O tal vez es que no necesitamos tantos detalles, porque el misterio es mucho más productivo. Así, la dedicatoria "A Adelita, con amor" que adorna ese ejemplar de Rebecca encontrado en un mercadillo  nos induce a imaginar un amor turbulento que acabó mal (¿tendría el autor de la dedicatoria algo del Sr. de Winter? esperamos que no), mientras que nos parece sentir aroma de heno y lluvia en ese libro comprado por internet que lleva el sello de una biblioteca asturiana. Itinerarios reales, itinerarios imaginarios, forman parte del atractivo de los libros con historia. Porque los libros son más que el contenido de sus páginas, mucho más.
 

domingo, 29 de mayo de 2016

¿QUÉ LEO AHORA? ITINERARIOS DE LECTURAS


Acabas de terminar un libro, o ni siquiera eso, te faltan todavía unas páginas, pero ya oteas el horizonte lector, en busca del siguiente. ¿Cuál será? Y no es por falta de libros que leer, más bien eres penosamente consciente de que jamás lograrás leer ni una pequeña parte de todo lo que se ha escrito, aunque es casi seguro que un porcentaje nada despreciable de los volúmenes que circulan por el mundo no merece tu atención: por malos, por aburridos, porque tratan de temas que no te importan. Pero, ¿y qué hay de los miles y miles que sí podrían interesarte? Cuando te enfrentas a la enormidad que se te ofrece, el problema está en elegir, y en elegir bien. Así, todos recurrimos a estrategias varias: la estantería de "pendientes", la lista (que crece y crece), pedir consejo a algún amigo de gustos afines, pasear por bibliotecas o librerías esperando que algún libro nos llame la atención... Recursos todos ellos válidos, aunque no siempre efectivos. A veces, no se trata tanto de leer cierto título del que tenemos buenas referencias, o de catar a determinado autor que aún no conocemos, sino que nos tienta algo más vago y más amplio al mismo tiempo: un tema, un personaje, una época. En ocasiones así, es cuando se echan de menos verdaderas selecciones de lecturas. Se me dirá que uno puede buscar en el catálogo de cualquier biblioteca o base de datos de las miles que alberga internet. Basta con poner la palabra clave que se desea y, voilà, tenemos ante nuestros ojos una larga lista de libros relacionados con ella. Lamentablemente, lo que estas listas poseen en cuanto a dimensión les falta en cuanto a criterio. Si los metadatos del libro no contienen la palabra que hemos empleado para hacer la búsqueda, no aparecerá citado ahí. Además, ¿cómo decirle a una máquina que uno está buscando "buenos" libros, no cualquier opúsculo que haga referencia al tema? Las listas compiladas por humanos -por ejemplo, las de Goodreads- no son mucho más dignas de confianza. Para empezar, en ellas suelen repetirse con enojosa frecuencia los mismos títulos, que vienen a ser los bestsellers del momento complementados por los clásicos que todo el mundo conoce (por algún motivo que desconozco, se busque lo que se busque, en todas las listas acaba apareciendo algún título de la saga "Los juegos del hambre"). Cuando lo que uno busca, precisamente, es que le descubran cosas nuevas, adentrarse por terrenos inexplorados, pero de la mano de alguien que sabe lo que se hace.




¿Tal vez una buena librería? Bueno, la librería puede servir de mucho, pero el orden alfabético de autores, que sin duda facilita encontrar un libro determinado, o la clasificación que ayuda a orientarse al amante de los géneros, no funcionan cuando lo que se lleva en la cabeza es, por ejemplo "me gustaría leer algo de/sobre la belle époque".  En un caso así -y conste que este es un tema de los fáciles, a veces me encuentro queriendo saber más sobre asuntos mucho más etéreos-, los buscadores te conducen a cualquier libro que lleve "belle époque" en el título (que van desde una historia de los judíos vieneses durante esa época a algo titulado Picardías de la belle époque ¡sólo para adultos!, por no mencionar una historia de los hoteles de San Sebastián, que no dudo tendrá su encanto, pero que es muy probable que no sea lo que quieres leer), mientras que una incursión en la librería te aboca a la sección de historia. Pero resulta que a mí no me interesa sólo la historia, sino también los personajes que descollaron y la literatura que se escribió durante esa época, así como la que aspira a recrearla. No hay buscador que solucione eso.  
En ciertas librerías tienen la buena costumbre de preparar, de vez en cuando, selecciones temáticas de libros. Ignoro si les dan resultado desde el punto de vista comercial, pero a mí me parecen irresistibles, porque no hay nada mejor que tener marcado un itinerario de lecturas, un camino trazado con la ayuda de un criterio certero y ecléctico. Para volver al ejemplo de antes, mi itinerario para la belle époque incluiría -por supuesto- algún libro de historia como Los años de vértigo de Philip Blom, pero también novelas con el sabor de esa era, como alguna de las deliciosas comedias de Oscar Wilde, Una habitación con vistas, de E. M. Forster, o tal vez el Chéri de Colette, sin olvidar por supuesto las obras de Proust -aunque sea esta una lectura de largo recorrido-, complementado tal vez por una biografía de Misia Sert; para rematarlo, algún libro de ahora que sabe transportarnos allí con chispeante ingenio: Las extraordinarias aventuras de Adèle Blanc-Sec, esa estupenda serie de cómics de Jacques Tardi.




¿Lo ven? No puede ser tan difícil. Estoy esperando que alguien invente la máquina perfecta para hacer itinerarios de lectura. Mientras, seguiremos agotando la paciencia de libreros, amigos y blogueros.
 

martes, 17 de mayo de 2016

ESCRITORES, AGENTES, EDITORES

       "Me gustaría que se decidiese, señor Dickens. ¿Era el mejor de los tiempos o era el peor de los tiempos? Difícilmente puede haber sido ambas cosas."
(Handelsman, The New Yorker)
 
Las complejas, y a veces tensas, relaciones que los escritores mantienen con sus editores y con sus agentes han llegado a convertirse casi en un tópico del que echan mano el cine, el teatro y alguna que otra novela, ya sea recurriendo a la imagen del editor que persigue (infructuosamente) al autor (que pasa el tiempo bebiendo o ligando junto a la piscina, como ocurría en un anuncio que circuló hace algún tiempo) para que entregue de una vez su manuscrito -por el que se supone que le habrá pagado un jugoso anticipo-, o a la otra cara de la moneda: autor pobre como una rata que le da la lata a su editor para que le adelante unos dinerillos con los que poder terminar la que será, sin duda, una obra colosal, incomparable, definitiva... Otro tópico frecuente es el agente rapaz, que maneja a los editores a su antojo, al tiempo que trata con mano de hierro a sus autores. O que es capaz de recurrir a todo tipo de estratagemas, desde el engaño a la extorsión, para conseguir un contrato para sus representados. Posiblemente existan o hayan existido en la vida real ejemplos de todos estos tipos humanos. La realidad, claro, suele ser más prosaica.
 
 
"Quisiéramos publicarlo, no hacer nada para promocionarlo y ver cómo desaparece de las estanterías en menos de un mes."
(David Sipress, The New Yorker) 
 
 
Algunos escritores han retratado estos estereotipos, o se han mofado de ellos, entre los cuales se encuentra Arnold Bennett -de quien nos hemos ocupado otras veces en este blog-, que en su libro de ensayos Books and Persons incluye estos párrafos sobre el agente literario (en 1908 nada menos, ya ven que la cosa viene de lejos):


"El autor se empeña en emplear a un Tremendo Granuja llamado agente literario, y el pobre corderillo inocente del editor sale trasquilado de sus encuentros con este canalla. Me han hablado de un editor, quien hasta ahora solía contar con los servicios de veinte jardineros en su casa de campo, que se ha visto obligado a reducir a su personal de horticultura a sólo dieciocho [...] Estoy dispuesto a ofrecer 50 libras por el nombre y la dirección de un agente literario capaz de ganarle por la mano a un editor. Conozco a numerosos editores y agentes, y aunque a menudo he conocido editores que se han aprovechado de algún agente, nunca he sabido de ningún agente literario que haya embaucado a un editor. Un agente así es muy necesario. Llevo años buscándolo. Sé de muchísimos autores que se unirían a mí para enriquecer a un agente así. Los editores no dejan de hablar de él. Casi cada vez que entro en el despacho de un editor me dicen que ese agente acaba de irse (con los bolsillos llenos de dinero ilícito). Me irrita mucho no haber llegado a encontrármelo nunca."
 

Mientras que, en 1922, Lawton Mackall habla en uno de sus cuentos de otro tipo de agente. Por cierto, Mackall abre el volumen de relatos en que se encuentra éste dando las gracias a su dentista, su sastre, su estanquero y su verdulero, con los que "aunque no han corregido las pruebas" de su libro, ha contraído una gran deuda durante su escritura. El relato en cuestión, titulado "Lucy, la agente literaria" traza el retrato de la agente que sabe bien lo que quiere y cómo conseguirlo. En este caso, el editor intenta por todos los medios rechazar la publicación de los textos del autor que ella representa; unos textos que no ha leído:


"Ethridge (ese el nombre del editor) nunca leía nada que pudiese evitar leer. Era uno de esos editores de éxito que publican gracias a que pertenecen a los mejores clubs y asisten a las fiestas adecuadas. Dedicarse a la lectura de manuscritos no era su estilo. "
 
Lucy sabe que no los ha leído y primero intenta avergonzarle para que lo reconozca, para luego alabar las cualidades de su autor:

“--¿Quieres decir que no has oído hablar de él? Pero, mi querido Ethridge! Dewar (el autor) es un hombre acomodado, vive en su finca de Maryland y escribe relatos entre cacería y cacería. Tiene mucho talento.
Omitió añadir, sin embargo, que Dewar le había ofrecido dejar que se quedase con el dinero que pagasen por sus cuentos, suponiendo que ella lograse que fuesen publicados."
 
Cuando estas artimañas no dan resultado, Lucy recurre a otros métodos:
 
"--Le diré qué vamos a hacer. Cenemos en mi estudio esta noche --continuó Lucy--. Será mucho más satisfactorio hablar sobre este asunto sensatamente, sin interrupciones.
De modo que él accedió, y ella también.
A la hora del desayuno ya habían decidido que la serie de Perth Dewar se compondría de diez relatos, incluyendo cuatro que aún no había escrito."
 


Ilustración de Lauren Stout para el libro de Lawton Mackall

Creo que hoy, como hace un siglo, muchos autores siguen buscando a ese agente que despluma a los editores, porque la mayoría de escritores -me consta- obtienen muy poco a cambio de las horas que pasan escribiendo. Pero no crean tampoco que todos los editores son como los que pinta el retrato malintencionado: muchos -me consta también- tienen que hacer malabarismos para llegar a final de mes. Por si eso fuera poco, se leen los manuscritos de sus autores. Y les aseguro que no todos son obras maestras... pero no caigamos en el estereotipo.
 
[Los textos aquí citados proceden del artículo de Dan Piepenbring en The Paris Review, "The Literary Agent of Yore, Unspeakable Rascal!"] 

viernes, 6 de mayo de 2016

LECTURA EXTREMA

(Foto: www.beeclimb.com)
 
Hace años, la gente que sentía ganas de hacer deporte se calzaba unas zapatillas y echaba a correr por el parque más cercano. Como no había demasiadas posibilidades de compararse con otros corredores -a no ser los amigos o los que trotaban al lado de uno-, había escasa presión en cuanto a tiempos o marcas a alcanzar. Uno corría, se ponía más o menos en forma y eso era todo. Pero las cosas han cambiado y la presión, propia y ajena, ha aumentado, de manera que ahora ya pocos se conforman con ser corredores (también ha cambiado el nombre: ahora se les llama runners). No, hay que superarse continuamente: correr la milla, la media maratón, la maratón...; o incrementar la dificultad del asunto con modalidades más duras como el cross-country o el triatlón. Y así, en todo. Ha llegado la hora de los deportes extremos. El más difícil todavía: barranquismo, la escalada en solo, el ironman...
Este afán competitivo parece estar, lenta e insidiosamente, trasladándose también a la lectura. Cuando lo máximo que se hacía era comentar los últimos libros leídos con un pariente o amigo, no había posibilidad ni ganas de medirse con los demás. Como mucho, observaciones del tipo "Fulanito parece que los devora", "El lento de Menganito ha tardado más de un mes en terminar esta novela", "De este verano no pasa que lea por fin la obra de X." Pero, como en el deporte, parece que no basta. En los blogs literarios florecen los retos de lectura, que cuentan con numerosas adhesiones entusiastas, desde los que funcionan por cantidad (50 libros en un año) hasta los que proponen lecturas de lo más diverso (como el reto de BookRiot para 2016, que incluye "leer el primer libro de una serie escrita por una persona de color" o "una autobiografía culinaria"). Y también surgen, cada vez en mayor cantidad, libros que dan cuenta de cómo su autor ha vivido uno de estos episodios de "lectura extrema". Pues no de otra manera deberían denominarse empeños como el de A. J. Jacobs, que se leyó los 23 volúmenes de la Encyclopedia Britannica, o Ammon Shea, que se leyó todo el Oxford English Dictionary (y dejó asimismo documentada la experiencia).
 
 
 
 
 
La lectura extrema no requiere sólo ser capaz de consumir -¿digerir?- grandes cantidades de texto, se trata de idear listas de lecturas poco comunes, a realizar dentro de un plazo de tiempo determinado. Algo, en cualquier caso, que se salga de los patrones de lectura corrientes y molientes y que suponga una cierta constricción. Así, Christopher Beha restringió su dieta lectora durante un año a la colección Harvard Classics, mientras que otros prometen limitarse a novelas del XIX, o a libros de género. ¿Más difícil todavía? Phyllis Rose, autora entre otras de una popular biografía de Virginia Woolf, es una de las personas que se han embarcado en una aventura de lectura extrema. En su caso -tal como relata en el libro que relata su experiencia (parece que buena parte de estas aventuras extremas, ya sea en el deporte o en la lectura, se llevan a cabo con la intención de hacerlas públicas), The Shelf- decidió leer todos los libros de una estantería determinada de la New York Society Library, concretamente el de los autores LEQ-LES. ¿De dónde sale esta peregrina idea?
 
 
Sala de la New York Society Library
 
Según cuenta la autora, con ocasión de haber ido a esta biblioteca en busca de un libro concreto -que no encontró- se dio cuenta de que en cambio contenía cientos de libros y autores de los que nunca había oído hablar (precisemos que se hallaba en el departamento de novelas y que dicha biblioteca, la más antigua de la ciudad, es conocida por su amplio fondo de clásicos). Eso le hizo pensar que sería interesante explorar más en profundidad sus fondos pero, en lugar de hacer como todo el mundo, es decir, picotear aquí y allí, optó por una lectura extrema: leyendo todos los libros contenidos en ese preciso estante se aseguraba, dice, de que "Nadie en la historia del mundo habría leído exactamente esa serie de novelas". Asoma así la obsesión por el récord, por hacer algo -por absurdo que sea, como ocurre con buena parte de los récords contenidos en el Libro Guiness- que nunca se haya hecho antes. Dado que la señora Rose es una escritora de demostrada solvencia, no me cabe duda de que, pese a la arbitrariedad de la empresa, la narración de sus aventuras lectoras será amena. Tal vez incluso algún arriesgado lector se anime a emularla; al fin y al cabo, si de experiencias únicas se trata, seguro que nadie ha leído tampoco el estante LET-LIB, ni los que le anteceden o le siguen...
Personalmente -y conste que me parece muy bien que cada cual lea lo que le quiera en el orden en que le venga en gana- me resultan un poco inquietantes estas nuevas modalidades lectoras. Siempre he pensado que gran parte de la dicha lectora se encuentra en la ausencia de normas, en transitar de uno a otro libro dejándose llevar por el humor del momento, el lugar o la compañía; en dejar que un libro recomiende a otro y en alternar dulce y salado.
De otro modo, impulsados por el afán de la lectura extrema, por hacer lo que nunca nadie ha hecho antes, acabaremos leyendo hasta el listín telefónico. Ah no, que eso ya no existe... Bueno, pero el esforzado señor Shea, si no lo ha leído entero, al menos ha logrado escribir un libro sobre él.
 
 
 
 
 

viernes, 29 de abril de 2016

EL HOMBRE DE LA MANCHA



Como todos saben ya sin duda, se conmemora este año el 400 aniversario de la muerte de don Miguel de Cervantes  (o Cerbantes, como firmaba él) Saavedra. Magno acontecimiento y ocasión singular para homenajear a este genio de las letras. Vaya por delante que yo creo poco en los fastos oficiales y, en mi opinión, la mejor manera de pagar tributo a un autor es simplemente leer y apreciar su obra, que constituye su legado inmortal. Pero en fin, que nunca es malo lo que sea que contribuya -de un modo u otro- a acercarnos a un gran escritor. Para conmemorarlo debidamente, nos hemos apresurado a montar eso que tanto gusta y tan bien suena, una Comisión Nacional, llena de presidencias de honor y vicepresidencias, que sin duda se ha estrujado las meninges para sacarse de la manga todo tipo de actividades con sabor cervantino. Movida por la curiosidad -y también, porqué no decirlo, un tanto escamada por ciertas celebraciones vistas hasta ahora, como la que tuvo lugar en el Congreso de los diputados, que me pareció rozaba el ridículo-,  me he tomado la molestia de leerme el programa de actividades, y bucear un poco por su web (de diseño cuidado y limpio, se agradece).  
Ciertamente, el programa de actividades es amplio y abarca diferentes ámbitos. Nada menos que 68 páginas que reúnen más de cien actividades (aunque yo no las he contado, la verdad). Hay, por supuesto, muchas iniciativas interesantes, tanto en exposiciones -a destacar la que visité recientemente en la Biblioteca Nacional- como en artes escénicas o música. Para mi gusto, se abusa de esa moda que amenaza con convertirse en una plaga, esas lecturas continuadas de El Quijote que  abundan por todos lados. Este año, parece que se va a leer por todo el orbe, de Malasia a Camerún. Rizando el rizo, en Australia se han inventado una modalidad que va más allá, y que el programa de actividades describe así:
 
Dinero para leer. Dentro del proyecto del colectivo mmmm.tv,  Dinero para leer consiste en ofrecer una ayuda a un ciudadano australiano por leerse El Quijote íntegro, cumpliendo un horario laboral, frente a una cámara web que retransmitirá en todo momento el proceso de lectura. Las solicitudes de la ayuda se harán a través de la página web de la embajada, rellenando un cuestionario en el que los solicitantes habrán de responder a las preguntas: «¿Por qué motivos te leerías el “Quijote”?» y «¿Por cuánto dinero te leerías El Quijote?».
 
 Me pregunto cuánta gente se habrá presentado y cuánto habrán pedido por leerlo. No sé yo si que te paguen por leer se puede llamar estrictamente "fomento de la lectura"... En fin, que hay de todo y para todos los gustos, desde un concurso de grafiti cervantinos a otras actividades creativas, como el Ínsula Barataria Paca Project, una intervención urbana consistente (dice textualmente el programa) "en la construcción efímera de estructuras arquitectónicas mediante pacas de paja con distintos tratamientos, formas y funcionalidades", aunque la relación que eso pueda tener con don Miguel sea bastante tenue. Y todo huele un poco a improvisación, como el que en el programa figuren tantas actividades con la mención de "fechas por determinar". Es de temer que algunas de ellas no lleguen a materializarse y puedo dar fe de que al menos es así en un caso, y no menor. Casualmente, hoy Radio Nacional ha tenido la idea de emitir el musical de Mitch Leigh, con libreto de Dale Wasserman, El hombre de la Mancha, del que todos recordamos el ya clásico tema "El sueño imposible".
 
 
 
 
Sin duda este año cervantino era una ocasión de oro para hacer una reposición de esta obra en nuestros escenarios. Lo primero que he hecho es comprobarlo. Y sí, figura en el programa, del que se dice que "se estrenará en el Gran Teatro del Liceo en agosto de 2016". Lamentablemente, de eso nada. La web de Stage Entertainment, la productora que debía llevarlo a escena, comunica que han debido cancelar el proyecto por falta de interés. 
 
Otra ausencia que me parece llamativa, sobre todo teniendo en cuenta que en la citada Comisión Nacional figuran vocales de todas las comunidades autónomas, es que en alguna las actividades cervantinas programadas son iguales a cero. El mapa interactivo que nos facilita la citada web permite constatar  que ni en Galicia, en Euskadi, en Navarra, Cantabria, ni en La Rioja hay al parecer actos previstos (¿o no tienen la entidad suficiente como para aparecer reseñados?). En Barcelona -recordemos, ciudad cervantina- lo único que figura en el mapa es una "Edición especial de las obras de Miguel de Cervantes" a cargo de la colección Austral. Triste, la verdad.
 
En fin, si bien me parece que un país tiene el deber de honrar a sus literatos, creo que a don Miguel, a quien la fama y la fortuna le fueron tan esquivas, no le extrañaría tanto ver cómo son hoy las cosas.