John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

miércoles, 26 de febrero de 2014

HELENE HANFF Y EL TEATRO


Me gustan las historias que contienen cierta justicia poética. Y si presentan una pequeña ironía final, aún más. Por eso me encanta la de Helene Hanff, que tiene todos los ingredientes que se le pueden pedir a una buena historia: joven ambiciosa, inicios difíciles, aparente fracaso y, por fin, gran éxito inesperado. Seguro que la mayoría de mis lectores saben ya quién es Helene Hanff, la autora del famoso libro sobre una amistad bibliófila, 84, Charing Cross Road. Si alguien no lo conoce, o ha oído hablar de él, pero no lo ha leído, que se apresure a hacerlo. La amistad epistolar que se establece entre una joven neoyorquina apasionada por los libros y el librero inglés que la surte de lectura es una verdadera delicia. La historia a la que me refería, en la que esta obra tiene un papel principal, es como sigue: tal como explicaría la propia autora en su autobiografía -titulada Underfoot in Show Business-, el sueño de esta joven nacida en Filadelfia en 1916 era escribir obras para Broadway. A eso dedicó sus esfuerzos durante las décadas de 1940-1950. Pero los años iban pasando y ninguna de ellas llegaba a ser producida. Mientras, Helene sobrevivía como muchos otros de sus colegas aspirantes a escritores, leyendo guiones para la Paramount, colaborando en enciclopedias o escribiendo para alguna serie de televisión. De hecho, encabeza ese volumen autobiográfico con la leyenda: "Cada año, cientos de jóvenes fascinados por el teatro llegan a Nueva York decididos a tomarlo por asalto, convencidos de que están destinados a ser famosas estrellas o dramaturgos de Broadway. Uno de cada mil resulta ser Noel Coward. Este libro trata de la vida de los 999 restantes. Por uno de ellos."  

Noel Coward y Gertrude Lawrence en "Vidas privadas"

Mientras no llegaba la gloria, Helene leía y leía. Enamorada de la literatura y la cultura inglesa, se aficionó a hacer sus pedidos a través de una respetable librería anticuaria de Charing Cross, Marks & Co., regentada por un amable librero de nombre Frank Doel. Cuando, tras muchos intentos y muchos fracasos, había llegado por fin a la conclusión de que nunca llegaría a ver una de sus obras en los escenarios, en 1968 recibió la inesperada noticia de la muerte de Doel, con el que llevaba veinte años intercambiando correspondencia y una creciente amistad. "En aquel momento, la noticia resultó devastadora. Tuve la impresión de que mi último punto de referencia, mi librería, me era arrebatado", dijo después. De modo que decidió que debía poner por escrito la historia de su relación. El libro se publicó en 1971. Se convirtió en un éxito instantáneo en Estados Unidos; más que eso, en un libro de culto, para sorpresa de la propia autora, quien creía haber escrito una historia muy neoyorquina y muy modesta ("my little nothing book"). Cuando el libro se publicó en Inglaterra, Hanff logró por fin su siempre acariciado sueño de visitar Londres y "sentir sus sucias aceras bajo los pies". Para entonces, sin embargo, Marks & Co. había cerrado sus puertas.
En 1980, un productor adquirió los derechos del libro y lo adaptó para la escena. La pieza teatral basada en 84, Charing Cross Road se estrenaría en el West End de Londres y, al año siguiente, en Broadway. La noche del estreno, la audiencia entera se puso en pie cuando, al finalizar la obra, la autora salió a saludar al escenario. Al día siguiente, la reseña del Times decía: "Ver a Helene Hanff en la reproducción de la librería que ella hizo famosa, parpadeando bajo los aplausos de la ciudad que nunca antes se había podido permitir visitar convirtió el estreno de anoche en el final de un cuento de hadas". La ironía final, por supuesto es que, aunque su sueño era escribir para el teatro, la única de sus obras que llegó -a lo grande- a los escenarios fue un "modesto" libro sobre su amistad con un oscuro librero londinense.  
 
Colofón 1 (para los nostálgicos): Aunque Marks & Co. ya no existe, en el lugar que ésta ocupó en Charing Cross Road hay ahora una placa que dice:
 
La librería Marks & Co, estuvo en este lugar.
Se hizo famosa gracias al libro de Helene Hanff
 
Colofón 2 (para amantes del cine): En 1987, la obra fue llevada al cine (título español, La carta final; espantoso, oigan), con Anne Bancroft como Helene Hanff y Anthony Hopkins como Frank Doel. Judi Dench hacía de esposa de Frank. Reparto de lujo, ya ven. Personalmente, prefiero el libro, y tuve la impresión de que el talento de los actores estaba desaprovechados. Pero eso va a gustos, claro.
 

miércoles, 19 de febrero de 2014

DE VAMPIROS Y MONSTRUOS

John William Polidori

Por una de esas (frecuentes) casualidades que se dan en la red, ha coincidido para mí en el tiempo la lectura de dos artículos de procedencias muy distintas y sin embargo firmemente relacionados. El primero pertenece al blog del luciérnago amigo José C. Vales y habla de la bonita edición del Frankenstein de Mary Shelley en Austral. El segundo -How To Be A Monster, publicado por Carrie Frye en www.theawl.com- trata de un personaje secundario que asistió a la génesis de la idea de esta escritora -en aquel lluvioso verano de 1816 del que ya habíamos hablado- y que escribió uno de los primeros relatos de vampiros que se conocen. Aunque, pobrecillo, nunca alcanzó la fama a la que aspiraba y, como mucho, se ha quedado en nota a pie de página.
El artículo de Carrie Frye es tan sugerente y divertido que, en lugar de contarles su contenido, he optado por traducir una parte. Estoy segura de que sabrán perdonarme la extensión:

"En 1816, a un joven doctor de nombre John Polidori le fue ofrecido un puesto como médico acompañante de George Gordon, Lord Byron. Polidori era sombrío, cáustico, ambicioso, culto y bien parecido. Se había licenciado en Medicina a los 19 años (algo tan poco usual entonces como ahora) y esta oferta le llegó menos de un año más tarde. A pesar de las objeciones de su familia, la aceptó. Polidori tenía ínfulas literarias; se le presentaba un poeta increíblemente famoso que le proponía unirse a él en un tour europeo. Debe de haberle dado la impresión de que el destino arrastraba a ello. Como confirmación de lo bien que iban las cosas, un editor le ofreció 500 libras por llevar un diario de sus viajes con el poeta (500 libras… en 1816).
Era primavera. Byron abandonaba Inglaterra para siempre, con una nube de infamia pendiendo sobre su cabeza. (Es una de las pocas personas de las que puedes decir algo así y que sea verdad; en parte, por eso resulta tan satisfactorio.) Se hizo construir un carruaje que copiaba el de Napoleón, lo que da la medida de su sentido de preeminencia imperial sobre el mundo. Incluso para los parámetros de la época, Byron tenía la crónica manía de acarrearlo todo consigo: su equipaje incluía porcelana, libros, cosas de vestir, ropa de cama, pistolas, un perro, la alfombrilla especial del perro, más libros, un criado o dos, y a Polidori, que zumbaba alrededor cual excitado insecto. (Según un informe, también un pavo real y un mono formaron parte del viaje.)  El carruaje iba tan sobrecargado que continuamente se averiaba. El médico también desfallecía, víctima de mareos y desmayos, y su paciente se vio obligado a cuidar de él. De este modo avanzaron a través de Bélgica y remontaron el Rin. Cuando llegaron a su hotel en Ginebra, Byron anotó su edad en el registro del hotel como “100”.

Lord Byron. Un aspecto angelical.
 
Si sienten ustedes algún interés por el Frankenstein de Mary Shelley, por los vampiros o por los poetas románticos o, quién sabe, por el turismo suizo, sin duda habrán oído el nombre de Polidori. Es un tipo curioso, Polly Dolly, notable no por lo que escribió, sino por haber estado cerca de otras personas cuando escribieron cosas. Una extraña fama póstuma; crees que te han dado un gran papel, y luego resulta que estás allí, sobre el escenario, sí, pero relegado a un lugar lejano en el ala izquierda, en la semipenumbra, donde la luz de los focos apenas llega. “Pobre Polidori”. Así se referiría a él Mary Shelley, escribiendo años después. Y lo era. Así aparece en las cartas, como ésta escrita por Byron: “El Dr. Polidori no está aquí, sino en Diodati; lo hemos dejado en el hospital con una torcedura de tobillo que se hizo al caer de un muro: no sabe saltar”. John Polidori tenía la desgracia de resultar cómico sin tener sentido del humor, de desear ser un gran escritor pero ser malísimo, de ser inusualmente inteligente pero verse rodeado durante un verano por personas que eran titánicamente más inteligentes que él y de ser lo suficientemente consciente de todo ello para encontrarse siempre incómodo. Además, no sabía saltar. Pobre Polidori.
No obstante, un relato de los que escribió sigue siendo importante, una historia de vampiros que leyó toda Europa cuando fue publicada y que allanó el camino para Drácula. Pero ni siquiera ese relato era del todo de Polidori. En una bonita muestra de vampirismo literario, para escribirlo aprovechó un esbozo de Byron, y el relato se publicó por vez primera bajo el nombre de éste (de ahí que llamase tanto la atención), lo que resulta también instructivo como recordatorio de todo lo que escritores y vampiros tienen en común. 

 “El vampiro” se publicó originalmente en 1819, en el New Monthly Magazine, firmado por Byron. Causó sensación internacional. Inspiró una obra de teatro y luego una ópera, cosa que es poco probable que hubiera sucedido si el relato se hubiese presentado al mundo como obra de un médico londinense. La opinión más extendida es que Polidori fingió que el relato era de Byron de forma intencionada, pero no hay pruebas definitivas al respecto. También es posible que, puesto que el manuscrito pasó por varias manos después de que Polidori lo escribiera, los detalles de su conexión con Byron se confundieran de camino a la imprenta. (Byron, sacándoselo de encima airosamente: “…dudo mucho de que nadie que me conozca creyese que esa cosa del Magazine era mía, ni siquiera si la hubiese visto escrita en mis propios jeroglíficos.”  Podría haber añadido: “Tampoco sabe saltar”.)

 Al final, uno casi que comprende al pobre Polidori, ridiculizado por sus brillantes compañeros, cuyo intento de emularlos en lo literario sólo consiguió ser leído porque... apareció bajo otro nombre.




martes, 11 de febrero de 2014

¿ERES MONÓGAMO O POLÍGAMO?



Si eres bibliófago, la lectura es, más que una pasión, una absoluta necesidad vital. Para entendernos, no es equiparable al sexo -porque sin sexo podemos vivir, al menos un tiempo-, sino más bien a la comida: un día de ayuno es muy duro, pero dos... mejor ni pensar en ello. Aunque como a la vez anudamos con los libros que pasan por nuestras manos -y cerebros, y estómagos (o el órgano que sea que digiere lo leído y lo incorpora a nuestras células de forma indeleble)- unas relaciones que tienen bastante de físicas y/o simbióticas, es posible que el símil del sexo sí que sea al fin y al cabo válido. Todo esto viene a cuento de que 1) se acerca esa espantosa fecha, cumbre del cursilismo, San Valentín y, aunque no quería hablar de ella, se ve que tantos anuncios de colonias y corazones por doquier se filtran insidiosamente en mi mente y 2) hablando de pasión por la lectura, una de las preguntas más frecuentes a que hemos de enfrentarnos los sufridos lectores es la de "¿pero cómo puedes leer varios libros a la vez?"
Así que, aprovechando la ocasión, vamos a confesarlo: sí, somos polígamos. La monogamia tiene sus virtudes, sin duda. Como dicen los monógamos, uno se concentra más, está más pendiente de ese único libro que lee. Claro que, en cuestión de libros, la fidelidad sólo dura un tiempo; lo normal es que cuando se acaba una relación (un libro) se inicie otro. Pero una tiene la sospecha de que los monógamos en lectura tienden a ser como los monógamos sucesivos en el sexo: las nuevas parejas suelen parecerse mucho a las anteriores. Nada que ver con los placeres y la variedad de la poligamia.
 

En cuestión de libros, la poligamia es un gran sistema. Porque la lectura que puede resultar agradable en un momento dado, se hace indigerible en otro. Así, en determinados momentos del día puede apetecer sumergirse en una novela llena de acción y pasión,  mientras que en otras ocasiones lo que el cuerpo nos pide es ejercitar la mente con un ensayo, o tal vez saborear un poema, o deleitarse con un cómic... Nada de esto es incompatible. Ni tampoco una cosa es mejor que la otra; sólo diferente. Es más, resulta muy conveniente para la salud mental de todo lector avezado que se acostumbre a llevar una dieta variada. Aunque, igual que sucede con la poligamia, es inevitable que se establezcan categorías. Por lo común, hay una "lectura principal" -ese es el libro que uno suele mencionar cuando le preguntan "¿qué estás leyendo ahora?", no es cuestión de recitarle al desprevenido interlocutor toda la lista- y una serie de lecturas "de apoyo", que se van alternando de acuerdo al tiempo disponible, a los intereses, a las ocasiones... Algunos de estos secundarios consiguen hacer méritos para saltar el escalón superior y se convierten, al menos por un tiempo, en "primera esposa". Otros, en cambio, languidecen en un rincón, recordados sólo de tarde en tarde. Los más desgraciados (ocurre pocas veces, pero ya se sabe que hay quien hace méritos para eso) consiguen incluso ser repudiados. Pero siempre hay otro que ocupa su lugar.
Por si la inmensa diversidad de libros a nuestro alcance no fuese suficiente, el panorama de la poligamia lectora se ha enriquecido recientemente con una innovación: el soporte digital. Mejor dicho, los soportes. Ahora ya no basta con tener libros diseminados estratégicamente por diferentes partes de la casa, sino que hemos suplementado nuestra voracidad lectora con aquellos textos que moran en el Kindle, la Tablet o -para casos de emergencia- en el teléfono móvil.
De modo que, se lo ruego, no me hablen de amor eterno. Lo mío, decididamente, es la poligamia.
 

martes, 4 de febrero de 2014

LIBROS FICTICIOS

Los amables lectores que se pasan por este rincón de la blogosfera ya deben haber notado a estas alturas mi afición por las supercherías literarias: falsos libros, falsos autores, escritores que se esconden detrás de (múltiples) seudónimos... Encontrar la ficción dentro de la ficción, como en un juego de cajas chinas, resulta un juego fascinante. Hace mucho tiempo, hice una breve entrada hablando de esos libros que salen en otros libros, pero que nunca han sido escritos. Citaba, por supuesto, el Necronomicon, que es probablemente el primero que le viene a cualquiera a la cabeza. Pero creo que ha llegado el momento de pasar revista a algunos más.
 
Comencemos, cómo no, por Sherlock Holmes. Las aventuras de este detective que ha llegado a ser más real que su propio autor cuentan también con algunos falsos libros: está el abstruso ensayo matemático al que le debe su fama académica el archivillano James Moriarty, La dinámica del asteroide. Al parecer, su contenido es tan enrevesado que resulta imposible hacer una reseña. Naturalmente, los fans de Holmes llevan cien años especulando acerca de este libro, a pesar de que si existiera no podrían entenderlo. Pero no sólo Moriarty escribe. También el propio Holmes, en uno de sus últimos casos (El último saludo de Sherlock Holmes, 1917) se jacta de haber escrito un sin duda imprescindible Manual práctico de apicultura, con algunas observaciones sobre la segregación de la reina. El libro será ficticio, pero al igual que ocurre con la imaginaria morada del detective en Baker Street, se pueden encontrar por ahí ejemplares de este libro inexistente.
 
 
 
En la distopia de George Orwell, 1984, tiene un papel relevante otro libro inventado, Teoría y práctica del colectivismo oligárquico, de un tal Emmanuel Goldstein. Este autor, según nos dice su creador, es físicamente muy parecido a Trotsky, y su nombre recuerda claramente al de la anarquista Emma Goldman.
 
Siguiendo con los mundos alternativos, es imperioso citar la novela dentro de la novela de El hombre en el castillo de Philip K. Dick, que lleva el delirante título de La langosta se ha posado, y cuyo autor es un tal Hawthorne Abdensen. Si en la ficción "real" las potencias del Eje han ganado la Segunda Guerra Mundial -dando lugar a un mundo en el que los nazis, entre otras cosas han desecado el Mediterráneo para convertirlo en tierras de cultivo-, en el libro "ficticio" es Inglaterra, con la ayuda de EE.UU., la que ha logrado una rápida victoria sobre los nazis y se ha erigido luego en imperio mundial.
 
Philip K. Dick
 
En El guardián entre el centeno, Holden Caulfield nos informa de que su hermano D.B. es un gran escritor y cita una de sus obras "El pez dorado secreto", una historia que trata sobre un chico que no deja que nadie mire su pez. Por desgracia, parece que D. B. abandonó la verdadera literatura para irse a Hollywood a escribir guiones. Algo que dice bastante sobre la opinión que a Salinger le merecía el mundo del cine.  
 
También encontramos en este gremio de escritores ficticios a uno de mis personajes favoritos, Stephen Maturin, el fiel compañero de aventuras de Jack Aubrey en la serie de Patrick O'Brian. Como experto cirujano naval (aunque confiese que no es muy bueno sacando dientes), Maturin es autor varios tratados médicos, entre ellos un utilísimo manual titulado Enfermedades de los marineros.
 
 
 
Luego hay una serie de escritores que no inventan un libro ficticio, sino muchos. Por ejemplo, Roberto Bolaño, en 2066, presenta a un tal Benno von Archimboldi, autor de una veintena de obras. O George R.R. Martin, que en su serie Canción de hielo y fuego inventa no sólo un mundo riquísimo, sino también las obras literarias que en éste son de lectura obligada. O Nabokov, otro gran fabulador de libros en sus obras. Y, por supuesto, Borges. Pero la lista sería interminable. Si la quieren más completa, existe una web que ofrece una relación abundante de estas curiosidades (aunque no completa).
 
Pero de verdad de verdad, de todos estos libros ficticios, el único que yo daría algo por leer es El manual de la cria del cerdo, de Augustus Whiffle, que Lord Emsworth lee con fruición en las novelas de P.G. Wodehouse. Pero... un momento,¡el libro existe! O al menos, algo que se le acerca mucho.
 
 
 
Para que luego digan que la realidad no imita a la ficción.
 
 
 

martes, 28 de enero de 2014

AUTORES Y NARRADORES


Permítanme que comience con una obviedad: los libros inteligentes hacen pensar. Avivan el seso, por emplear la expresión consagrada por Jorge Manrique. Hay libros que producen en el lector la grata impresión de que las sinapsis entre sus neuronas funcionan a una velocidad y por unos circuitos inusuales. A menudo descubre uno en este tipo de obras frases  o párrafos que producen el efecto de un descubrimiento: vislumbramos un territorio nuevo que antes estaba oculto a nuestros ojos; otras veces, no es tanto la novedad de la idea como la claridad con que está expresada lo que despierta nuestro entusiasmo: ya lo habíamos pensado, ya lo sabíamos, pero no hubiéramos sido capaces de formularlo de este modo.
La lectura del ensayo de Mario Vargas Llosa sobre Los Miserables de Victor Hugo -La tentación de lo imposible, del que ya hablé hace poco aquí mismo-  está siendo para mí uno de esos libros llenos de este tipo de descubrimientos. Veamos por ejemplo esta perfecta definición de la función del narrador:

" El narrador de una novela no es nunca el autor, aunque tome su nombre y use su biografía. [...] La invención primera que lleva a cabo el autor de una novela es siempre el narrador, sea éste un narrador impersonal que narra desde una tercera persona o un narrador-personaje, implicado en la acción, que relata desde un yo. Este personaje es siempre el más delicado de crear, pues de la oportunidad con que este maestro de ceremonias salga o entre en la historia, del lugar y momento en que se coloque para narrar, del nivel de realidad que elija para referir un episodio, de los datos que ofrezca u oculte, y del tiempo que dedique a cada persona, hecho, sitio, dependerá exclusivamente la verdad o la mentira, la riqueza o pobreza de lo que cuente.
[...]
El narrador no es nunca el autor porque éste es un hombre libre y aquél se mueve dentro de las reglas y límites que éste le fija. El autor puede elegir, con soberanía envidiable, la naturaleza de las reglas; el narrador sólo puede moverse dentro de ellas y su existencia, su ser, son estas reglas hechas lenguaje."


El narrador no es el autor. Obvio, ¿verdad? Pero de tan evidente, la mayoría de la gente lo olvida e incluso los propios autores muchas veces no son conscientes de ese "personaje" que están creando en su narrador. Vargas Llosa habla en este caso de la novela, donde esta invención es más deliberada. Pero, continuando con su impecable razonamiento, ¿no ocurre lo mismo en cualquier texto literario? Por supuesto en la autobiografía, ese género que juega al escondite más que ningún otro. ¿O acaso creían que el "yo" que narra El mundo de ayer. Memorias de un europeo es  realmente su autor, Stefan Zweig? Conste que cito estas memorias al azar, porque me parecen un texto literario excelente. Pero su verdad es sólo en parte la verdad del autor: el narrador  tras el que éste se ha ocultado tiene como misión abrir unas puertas y cerrar otras, iluminar unos episodios y callar otros. Zweig maneja a su narrador con maestría y por eso los lectores creemos aún más en la veracidad de lo narrado. Pero no es la verdad, sino una visión de la verdad. Es distinto.

Zweig se disculpa ante una señorita
por no poder acudir a la cita que ésta
le proponía. ¿Habla el autor o el narrador?
 
Sin ir más lejos, lo mismo ocurre en este blog. Esa voz que les cuenta acerca de sus lecturas y de sus andanzas librescas no es -siento defraudarles- la autora, sino su narradora. Aunque ella finja lo contrario -pues el primer deber de todo narrador que se precie es conseguir credibilidad ante sus lectores-, es sólo un instrumento de su autora. Que, como cualquier escritor, maneja los hilos y muestra sólo lo que desea. No se fíen de ella, se lo advierto. ¿Quién sabe qué oscuros secretos esconde?

martes, 21 de enero de 2014

LAS COINCIDENCIAS Y LA LECTURA

Victor Hugo
Una de las cosas buenas de no tener un programa de lecturas, ni una lista -al menos, no una establecida como tal, aunque sí infinidad de libros en el montón de "pendientes"- es la libertad de dejarse llevar por impulsos, pálpitos y coincidencias. Como cualquiera con una mínima curiosidad intelectual sabe bien, un libro lleva a otro. Tal novela te sumerge en, digamos, un país del que lo ignoras todo; inevitablemente, a continuación sientes ganas de ampliar tus conocimientos sobre ese territorio que tanto te ha fascinado. En una biografía de determinado personaje hace una aparición fugaz algún otro carácter que llama tu atención; te quedas con el radar puesto y -oh casualidad- a los pocos días ves por ahí un libro que trata sobre él. Por supuesto, tienes que leerlo. Y así sucesivamente: las lecturas van siguiendo unos meandros a menudo intrigantes. De la manera más inesperada, surgen conexiones entre lo que has leído aquí y allí.
Apenas me había internado en el interesante y perspicaz ensayo -como todas sus obras de crítica literaria- que Mario Vargas Llosa le dedica a Los Miserables, titulado La tentación de lo imposible, cuando caí en la cuenta de me encontraba ante una casualidad que me parece casi mágica (conste que soy de un racionalismo feroz, casi impermeable a cualquier sospecha de intervención sobrenatural): resulta que dos de los gigantes absolutos de las letras del siglo XIX francés -y por extensión, europeo-, Alexandre Dumas y Victor Hugo son hijos de generales de Napoleón. No me digan que no causa asombro.
 
 
Del padre del primero, el "tercer Alexandre Dumas" y de su colorida y accidentada vida hablé en este mismo foro al referirme a la biografía de Tom Reiss, The Black Count: hijo de una esclava negra y de un terrateniente francés, brillante espadachín y cortesano, fue también un combatiente audaz que ganó importantes batallas para Napoleón, para caer luego en desgracia y sufrir injusta prisión durante varios años, lo que le conduciría a una temprana muerte. Del segundo, Léopold Hugo, confieso que no había oído hablar nunca. Lo que no deja de ser curioso, puesto que acompañó a José I a España, donde entre otros cargos ocupó el de gobernador de las provincias centrales y persiguió de forma implacable a los guerrilleros de El Empecinado. De esta vinculación con España le viene a su famoso hijo Victor su conocimiento de nuestro país. De hecho, Victor Hugo estudió durante un tiempo en un colegio regentado por padres escolapios en la calle Hortaleza de Madrid. Nos dice Vargas Llosa que "en este tétrico internado, afirmaría más tarde, pasó frío, hambre y tuvo muchas peleas con sus compañeros. Pero en esos meses aprendió cosas sobre España y la lengua española que lo acompañaron el resto de su vida y fertilizaron de manera notable su inventiva". Más adelante, utilizaría la lengua española para camuflar ante ojos ajenos las detalladas notas que llevaba sobre sus proezas sexuales. De tal palo, tal astilla, supongo. Porque Léopold tampoco era un prodigio de castidad. De él he podido saber que se trajo a España desde Nápoles a su amante, Catherine Thomas, con quien se exhibía públicamente en el Paseo del Prado (algo que provocó las recriminaciones de José Bonaparte).
 
 
En cualquier caso, con sus similitudes y sus diferencias -los destinos de ambos generales fueron distintos-, todo esto da pie para concluir que tanto Dumas como Hugo han de deberle parte de su brío, de su fecunda imaginación y de su mirada sobre el mundo a estos dos padres que, ellos sí, vivieron en persona los lances que sus descendientes recrearían sobre el papel.
Por supuesto, era inevitable que de aquí saliesen más lecturas. Estoy pues ahora dedicada a explorar la fascinante época que produjo a personajes tan singulares. Empezando por uno que no luchó de forma abierta en el campo de batalla, sino solapadamente, en la sombra, en la política y la diplomacia: Joseph Fouché, magistralmente revivido por la pluma de Stefan Zweig. Promete ser sólo la primera de muchas lecturas interesantes.

martes, 14 de enero de 2014

LOS 10 MEJORES LIBROS DE RELATOS


Alice Munro, Premio Nobel 2013
Tradicionalmente, el cuento ha sido algo así como la cenicienta del mercado literario. Cuando un autor se presentaba ante un editor con un puñado de cuentos bajo el brazo, éste solía aconsejarle que escribiese una novela si quería alcanzar el éxito. Como si las formas breves fuesen un género menor. Cualquiera que lo haya intentado sabe muy bien que no es así. Ahora por fin, a rebufo de la concesión del Nobel a Alice Munro, se diría que el público lector empieza a admitir que los relatos “también” pueden ser obras maestras. Ojalá que cuaje el mensaje, porque en la cuentística han brillado algunos de los escritores más notables de la historia de la literatura.
En un intento de promocionar el género –del que soy entusiasta- se me ha ocurrido presentar una selección que, como habrán visto, lleva el engañoso título de “Los 10 mejores libros de relatos”. De entrada, sólo son los mejores desde mi subjetivísimo criterio, por más que todos ellos cuenten con el refrendo de la crítica. Estoy segura de que hay muchos que no he leído (aún) igual de meritorios. También es una flagrante injusticia el reducir la lista a 10: fácilmente se me ocurren veinte o treinta que podrían hacerles compañía, con cualificaciones muy similares. Sin embargo, el propósito no es demostrar cuántos buenos libros de relatos corren por ahí, sino ayudar al lector indeciso o primerizo en el género a hacer su elección.  De lo que pueden estar seguro es de que si no están todos los que son, sí son todos los que están: cualquiera de estos volúmenes garantiza muchos ratos de feliz lectura.

Comencemos pues por la tríada indispensable, las tres ces: Chéjov, Carver, Cheever. De los tres recomiendo con vehemencia leer todo lo que encuentren; la obra completa, si puede ser. Pero como no quiero abrumarles (no sea que se echen atrás), prueben para empezar con:


Anton Chéjov- Cuentos (Alba Editorial)
Una recopilación de sesenta piezas que recorren toda la trayectoria escritor ruso. Una buena manera de estudiar la evolución de este maestro del cuento, en la recomendable traducción de Víctor Gallego.


John Cheever, La geometría del amor
También aquí aconsejo lanzarse a los Cuentos completos, pero a falta de ello, esta selección inteligentemente anotada por Rodrigo Fresán es de lo mejorcito que se puede encontrar.

 

Raymond Carver, Catedral
Con esta colección de relatos, publicada en 1983, Carver consiguió por fin el reconocimiento que había estado buscando durante muchos años. "Catedral", el cuento que da título al libro, es considerado una joya del minimalismo literario. Decir mucho con muy poco.

 

Franz Kafka, La metamorfosis y otros relatos
Seguro que casi todo el mundo ha leído (o le han hecho leer) ese cuento del tipo que se despierta convertido en insecto. Pero Kafka tiene otras piezas, igualmente inesperadas e inquietantes. Sus relatos crean un mundo con sus propias reglas, que sirve de espejo y de metáfora del mundo real. No en vano todos entendemos hoy a qué se refiere el adjetivo "kafkiano".  (Por cierto, circulan por ahí muchas traducciones de Kafka, no todas buenas; la que incluyo como ilustración, de Galaxia Gutenberg, es particularmente cuidada. Eso sí, bastante cara.)


James Joyce, Dublineses
Quince cuentos perfectos, ambientados todos ellos en Dublín, que recorren todas las edades de la existencia humana. Mucha gente nunca llega a Joyce porque se rinde ante el Ulises. Si son de esos, créanme, lean sus cuentos. No se arrepentirán.


Jorge Luis Borges, Ficciones
No podía faltar el gran maestro argentino en esta recopilación. Libros imaginarios, bibliotecas infinitas, laberintos, tramas policiales, todo el mundo borgeano está aquí.



Julio Cortázar, Casa tomada y otros cuentos
Aunque si hablamos de autores latinoamericanos, mi favorito personal es Cortázar. "Casa tomada" o
"Continuidad de los parques" siguen produciéndome un escalofrío peculiar, no importa cuántas veces los haya leído. De nuevo, lean los Cuentos completos si pueden.



Ray Bradbury, Crónicas marcianas
No hagan caso a quienes dicen que se trata de cuentos de ciencia-ficción. Son mucho más que eso. Tratan de la condición humana, que es de lo que trata toda la gran literatura. Imaginación, ternura, poesía... se enamorarán de ellos. (Por cierto, me parece espantosa la cubierta de esta nueva edición. ¡Que alguien rescate por favor la de la versión original de Minotauro!)



Ernest Hemingway, Las nieves del Kilimanjaro y otros relatos
Por algún motivo que desconozco, los editores de nuestro país parecen no tener ninguna fe en los relatos de Hemingway. Prueba de ello es que no he encontrado ninguna edición vigente de este volumen que contiene algunas de sus mejores piezas cortas. De ahí que haya optado por ilustrarlo con una cubierta vintage de 1955. Al menos, tiene glamour. Pero no se dejen convencer por esta escasez, si alguien sabe cómo manejar la delicada mecánica de precisión de un cuento, ese es Hemingway.



Katherine Mansfield, Cuentos completos
Faltaba una mujer (aparte de Munro, que naturalmente completa de manera impar esta decena). Y no es que no haya grandes cuentistas: sé que me dejo en el tintero a la gran Dorothy Parker, a Lorrie Moore, a Nina Berberova, a Edna O'Brian... pero hemos dicho que lo dejaríamos en diez. Y los relatos de Katherine Mansfield me transportan y me conmueven por un igual.

Así pues, si no son ustedes lectores de cuentos, ¿qué esperan para hacer de ellos su buen propósito de Año Nuevo? Además, con los cuentos no cabe la excusa de que no hay tiempo: la mayoría de estos relatos se puede leer en menos de un cuarto de hora; un trayecto en autobús, ese ratito por la noche antes de que se nos cierren los ojos de cansancio y apaguemos la luz... Un cuento pide poco y da mucho. Anímense, que todos son canela fina.