John F. Peto

John F. Peto
Cuadro de John F. Peto (detalle)

martes, 10 de noviembre de 2015

MI BIBLIOTECA (3.2): CUENTOS, BRUJAS Y MUCHO MÁS


Nuestra segunda biblioteca invitada de esta temporada es la de Noemí Risco, traductora especializada en Literatura Juvenil y Fantasía, protoescritora y propietaria del blog Laberinto de ideas. En su biblioteca hay mucho de magia, pero también orden y sistema. Visitarla es casi dar un paseo por el maravilloso país de los cuentos.
 

Mi biblioteca, supongo que como la de casi todos, ha ido cambiando a lo largo de los años; en mi caso, no sólo por el ingreso de nuevos títulos, sino por su ubicación, porque me he mudado unas cuantas veces. En mi infancia apenas tenía un estante de libros en mi cuarto, con algunas lecturas del colegio y el ejemplar que le mangué a mi madre de La historia interminable. Cuando nos trasladamos a Tenerife, en 1990, me compraron muebles nuevos para mi habitación y eso incluía una larga estantería del techo al suelo, que poco a poco fui llenando de tesoros. Han pasado muchos años, por muchas estanterías distintas, han convivido con libros de pareja, a veces hasta se han ido de viaje conmigo, algunos se regalaron, otros se donaron, pero la mayoría de mis libros permanecen a mi lado.
Ahora estamos en el campo, desde hace un par de meses, y lo primero que hice al llegar fue ir a comprarles un par de estanterías con puertas para guardarlos y preservarlos del polvo. Aún no los he colocado como me gustaría, porque lleva su tiempo, pero sí se encuentra cierto orden.
 
 



Tengo un apartado para los libros que yo he traducido, ya que en algún momento puede que deba consultarlos. No los ordeno alfabéticamente, sino por editorial, tamaño y color. La serie de El corredor del laberinto, por supuesto, tengo que tenerla a mano. Luego hay otra sección dedicada a los libros de terror y ciencia ficción para adultos, que mezcla ediciones descatalogadas, como varios títulos de Gran Fantasy de MR o una extensa colección de Tanith Lee en inglés, con nuevas adquisiciones a la espera de su lectura. Por supuesto, tengo juntitas todas las entregas de las Crónicas Vampíricas de Anne Rice, de la que fui gran fan en la adolescencia, y unas cuantas obras de la mejor época de Stephen King.
 
 



La magia de los cuentos tiene un lugar muy especial en mi biblioteca y, como veis, sigo organizándola por colores. En tonos más fríos, azulados, El Palacio de los Cuentos, con un relato del mundo para cada día del año, la estupenda colección El vuelo del dragón, los magníficos cuentos de Cristina Fernández Cubas o El (ineludible) jardín secreto… 
 




En tonos más cálidos, amarillentos, Ana Cristina Herreros y sus brujas, La princesa y los trasgos de George MacDonald, El jardín de medianoche o esa entrañable antología de los Grimm, Andersen y Hoffmann que me leía mi abuela antes de irme a dormir. ¡Oh, y el rincón de Michael Ende! Sí, con el libro robado a mi madre al lado de la versión original que reeditaron el año pasado tal cual la publicaron en 1979.



Por último, tengo un apartado para los libros en versión original, en alemán y en inglés. ¡No solamente vamos a leer traducciones! A veces también me gusta disfrutar del idioma original y también es cierto que algunas de estas adquisiciones se deben a que la edición original me gusta más, es más completa o simplemente no existe en español. Por ejemplo, la edición del 80 aniversario de Mary Poppins, con todos los libros en uno, o una edición especial que sacaron de La princesa prometida, con material extra que no aparece en la versión traducida.
 
 
 


En más de una ocasión me han preguntado si me los he leído todos. La respuesta es no. Todavía no. Me quedan por leer unos cuantos. La siguiente pregunta que hacen algunos es: ¿Y por qué sigues comprando? Tampoco es que compre un libro cada mes, ni siquiera cada dos meses —la mayoría, además, son regalos—, pero sí cae alguno de vez en cuando, y si no lo compro en su momento, en esa edición que es tan bonita, luego quizá ya no lo encuentre. ¿No os ha pasado nunca? Entonces, ¿por qué tomas prestados libros de la biblioteca pública?, suele ser la tercera pregunta. Y es que a veces apetece leer lo que no se tiene en casa, porque ya no se vende en librerías o porque no se está lo bastante segura como para comprarlo.
Lo importante es seguir leyendo y no perder la costumbre allá donde estemos. ¿Adónde nos llevará el destino a mí y mis libros dentro de un tiempo?

martes, 3 de noviembre de 2015

MI BIBLIOTECA (3.1): SERENDIPIA EN ESTANTES

Bien, queridos merodeadores de bibliotecas, ya está aquí la tercera temporada de la serie "Mi biblioteca", en la que unos cuantos blogueros invitados tendrán a bien dejarnos husmear en sus estanterías. Agradezco a todos ellos su generosidad y buena disposición. Prepárense pues para asistir a nuevas entregas de este fascinante espectáculo libresco.
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Nuestra primera invitada de esta temporada es la biblioteca de Mónica, del blog Serendipia, gran dinamizadora de retos e iniciativas diversas en la red (y quién sabe si también fuera de ella). Parece que los libros de Mónica, que como es lógico son grandes aficionados a la serendipia, dejan que sea ésta quien gobierne sus encuentros en las estanterías. La suya es una convivencia abigarrada, pero sin duda muy feliz.


Mi piso es pequeño, cuando pasamos el aspirador solo hace falta cambiar de enchufe una sola vez para llegar bien a la totalidad de sus rincones. Es, aspiradoramente hablando, un piso de dos enchufes. Por eso no tengo más remedio que deslocalizar mi siempre creciente biblioteca en varios lugares de la casa. También me obliga de vez en cuando a deshacerme de algunos libros —en concreto de aquellos que sé que no me apetece volver a leer de nuevo—, que suelo donar al servicio de intercambio gratuito que organiza el centro cívico de mi barrio.
No tengo los libros ordenados en ningún sentido, ni por autor, ni por editorial, ni por fechas; conviven aleatoriamente y felices (o eso imagino) en los estantes, en dobles y triples filas a ser posible. Incluso algunos de ellos comparten vecindad con las series de ciencia ficción del Ingeniero. Supongo que a algunos puristas bibliófilos tal promiscuidad les provoca un sarpullido o dos pero a mí me divierte que Homero o Suetonio estén pegaditos a los DVD de las temporadas de Stargate, Batlestar Galactica o Babylon 5. La literatura es universal, es decir, de todo el universo ;-)
Pese a tanto desorden libresco, o quizás precisamente por ello, sé exactamente donde ir a buscar a cada uno de mis libros cuando los necesito. Supongo que puede decirse que tengo una buena memoria visual porque si me pides un libro sé perfectamente donde está. Es un caos (universal) controlado.


 
El grueso de mis libros y las ediciones más estropeadas/viejas/feas están en la triple estantería del despacho. Como podéis ver en la foto, dos terceras partes están protegidas por puertas de cristal esmerilado porque en el diminuto despacho —ese lugar que se ha convertido en zona inhabitable porque en verano hace un calor terrible y en invierno un frío polar— el sol entra a raudales y deja descoloridos los lomos de los libros.
En el comedor es donde tengo los ejemplares más nuevos, las adquisiciones recientes, los libros pendientes de leer y aquellas ediciones tan bonitas que me apetece que los amigos vean cuando se pasan por casa. Algunos están expuestos a la vista pero muchos viven dentro de los armarios, apilados en torres imposibles. Aquí conviven los libros de Impedimenta con los Alba, los Nórdica, los Malpaso, Libros del Asteroide, Galaxia Gutenberg, Alfabia, Acantilado, Ardicia, Nocturna, etc.  hasta los Roca más raritos o el cofre de Alianza editorial con La trilogía de Corfú de Gerald Durrell. Bonitos, estupendos, excéntricos, apasionantes, bellos, heterogéneos...

 

Y como debe ocurrir en las bibliotecas de todos los lectores empedernidos, si separo la primera fila de los estantes del comedor hay detrás una segunda hilera de lomos pertenecientes a las lecturas de mi adolescencia (y no tan adolescencia): toda la saga de Marco Didio Falco, de Lindsay Davis, y los Harry Potter, por supuesto. No se ven —como mi adolescencia— pero esperan ahí detrás protegidos por lecturas más adultas, por si algún día los necesito.


En el dormitorio también hay otra estantería —las Billy de Ikea caben en cualquier rincón— que comparte mi pequeño rincón Tolkien. No recuerdo cómo llegaron a formar ese pequeño comité los libros del profesor J.R.R. Tolkien, pero me gusta. Son el único ejemplo de cierta organización temática libresca inventada por el ser humano  y, aún así, faltan títulos como El señor de los anillos, el Hobbit o el Silmarillion, que como son tan enormes y están tan manoseados siguen escondidos tras las puertas de cristal del despacho.

 
Suelo prestar libros a mis amigos y, sobre todo, a mi madre, quien los cuida con exquisita ternura porque sabe el cariño que les tengo. Y sí, a lo largo de los años, he perdido un par o tres de ejemplares que presté y jamás volvieron porque las personas que se los llevaron también desaparecieron de mi vida. También me han devuelto alguno que otro muy deteriorado. Ambas cosas me molestan, pero sin fanatismos desgarradores.
¿Qué encuentro a faltar en mi biblioteca? Evidentemente muchísima literatura pero en especial añoro ardientemente una buena edición de La guerra del Peloponeso de Tucídides. La biblioteca de la facultad de Historia de la Universitat de Barcelona (UB) tiene un fondo magnífico y como suelo trabajar allí apenas tengo en casa poco más que lo imprescindible (Heródoto, Suetonio, Catulo, Julio César, etc.). Y si la biblioteca de la facultad no me llega no tengo más que andar unos trescientos metros para cruzar el umbral del edificio central de la UB con sus maravillosas bibliotecas de filologías, mitologías, historia antigua, etc. Pero sigo suspirando por Tucídides. Quizás estas navidades...

martes, 27 de octubre de 2015

BIBLIOTECAS FÍSICAS, BIBLIOTECAS MENTALES

 
Uno no se siente nunca solo si tiene un libro cerca. Si no se trata de un único libro, sino de toda una biblioteca, el solaz y el placer se ven multiplicados. Por fortuna, además, los grandes lectores contamos no sólo con nuestra biblioteca física, sino que tenemos a nuestro alcance también una nutrida biblioteca mental: la biblioteca de la memoria. Y los libros allí almacenados no coinciden exactamente con los libros materiales que hemos leído, sino que son una versión interpretada, editada, parcialmente olvidada, compuesta de varios libros juntos, en suma, transformada por cada lector de manera absolutamente única. Como dice Alberto Manguel refiriéndose a "su" Quijote:
"Todas las ediciones de Don Quijote publicadas hasta la fecha en todos los idiomas se pueden coleccionar -y se coleccionan, por ejemplo en la biblioteca del Instituto Cervantes en Madrid-. Pero mis propios Don Quijote, los que corresponden a cada una de mis diversas lecturas, los que inventó mi memoria y editó mi olvido, sólo encuentran lugar en la biblioteca de mi mente"
Así, los lectores tenemos el poder de incorporar los personajes que nos han resultado fascinantes a nuestro imaginario propio, de hacerlos figurar tal vez en nuestros ensueños o en nuestras pesadillas; podemos soñar haber vivido los lances y aventuras que sólo existen en la página, o darles otro final, más acorde a nuestro gusto.  Al contrario de lo que ocurre con la biblioteca física, la biblioteca mental no tiene límites. O sí: los de nuestra memoria y nuestra capacidad de seguir asociando, imaginando y creando a partir de lo que otros inventaron una vez.
Lamentamos a veces que, al fallecer algún insigne erudito, su biblioteca se disperse. Pero igualmente grave es que, con la muerte de cada lector, desaparece también su biblioteca mental, esa amalgama de experiencias lectoras que ha ido atesorando y filtrando durante toda su vida. Quién sabe: tal vez en un futuro tecnológico, alguien encuentre la manera de conservar esas memorias librescas. Entretanto, nos queda el consuelo de seguir hablando de los libros que leímos y de los que nos gustaría leer.
 
 
Sarah Bryant, Reading after lunch
 
Hemos hablado a menudo en este blog sobre el placer que siente el verdadero lector al poseer libros, al acumularlos y ordenarlos, al contemplar su biblioteca -más grande o más pequeña-, compuesta de aquellos ejemplares que ha leído ya y que quizás nunca llegará a releer, pero también de otros que no ha leído aún y que confía en poder leer algún día. Gracias a la generosa colaboración de otros blogueros, hemos podido pasearnos  -en dos series de artículos- por las bibliotecas de otros lectores, que nos han revelado sus manías y sus cuitas, sus filias y sus fobias de orgullosos propietarios de una biblioteca propia. Resulta obvio que la comunidad libresca disfruta de estas incursiones en territorios ajenos, porque más de uno me ha preguntado si habría una nueva serie de artículos. Pues bien, por fin puedo responderles afirmativamente: está en el horno una nueva serie de "Mi biblioteca", que confío será del agrado de todos mis curiosos lectores. Permanezcan pues atentos a esta pantalla, en breve comenzará a publicarse.
 
 

martes, 20 de octubre de 2015

¿ES LA LECTURA UN ACTO CREATIVO?

 
Leer una novela puede parecer lo mismo que ver una película. De hecho, hay gente que lo cree: "No he leído la novela, pero vi la película". Para nada. El visionado de la película es pasivo, las imágenes nos muestran lo que sucede, cómo son los personajes, cómo es el escenario en que actúan... Como mucho el trabajo del espectador es interpretar los posibles significados ocultos de lo que se dice, o rellenar con la imaginación alguna acción que ha sucedido fuera de pantalla. En la novela, la imaginación trabajo constantemente.
Peter Mendelsund, reputado diseñador (echen un vistazo a sus cubiertas) y director de arte de la editorial Alfred A. Knopf, trata sobre esto en su libro Qué vemos cuando leemos. Por ejemplo, le pide al lector que imagine la geografía de la casa que aparece en Al faro, de Virginia Woolf. Casi toda la novela transcurre en la casa que los Ramsay tienen en las islas Hébridas y a lo largo de la narración la autora nos describe numerosos detalles de ella. Y, sin embargo, si alguien nos pide que la describamos -o que la dibujemos con precisión-, todo lo que podemos sacar del texto es "un postigo aquí, la ventana de una buhardilla allá". Es decir, una especie de aproximación funcional, puramente operativa, a la casa, que sirve fundamentalmente para que podamos situar en ella los movimientos de los personajes. La casa, como tal, no está en la novela, sino en nuestra imaginación. Los lectores no sólo construimos mentalmente a partir de los datos que nos proporciona el autor, sino que nuestros mapas mentales están en continua evolución, de acuerdo con lo que el texto va añadiendo o quitando. Quizás en un primer momento hemos imaginado una puerta de tamaño normal, y hemos de acortarla de inmediato en el momento en que nos indican que un personaje muy alto tiene que agachar la cabeza para pasar por ella. O hemos pensado que el protagonista entraba en un almacén vacío, para tener que corregir esa impresión cuando resulta que en un rincón hay una extraña máquina.
Mendelsund hace también el ejercicio de preguntarle al lector cómo es Anna Karénina. Todos creemos saberlo. Bella, sin duda, pero Tolstoi sólo nos da una serie de detalles, como sus espesas pestañas o su abundante pelo. Lo demás, lo tiene que completar cada lector. Por eso leer ficción es una actividad tan estimulante: nuestro cerebro está trabajando todo el rato a pleno rendimiento, no sólo interpretando el texto, sino recreando luego lo que sucede a partir de los elementos que el autor nos proporciona. Por eso, quizás -esta teoría es mía, no del señor Mendelsund- los lectores poco avezados prefieren las descripciones muy detalladas (el mecanismo de creación a partir del texto no les funciona aún a pleno rendimiento), mientras que los lectores habituales se las apañan muy bien con cuatro pinceladas. Lo que es ciertísimo, y todos hemos podido comprobar, es que el personaje que yo me imagino será diferente del mismo personaje imaginado por otro lector. Cada cual construye el mundo ficticio a su manera.
Hablando de Anna Karénina: Mendelsund incluye una foto de Keira Knightley en su papel de Anna, con la siguiente advertencia: "Esta fotografía es una forma de robo". Se refiere a robo mental, por supuesto, en el sentido de que las adaptaciones cinematográficas de obras literarias tienden a sustituir nuestra propia y personalísima imagen mental de los personajes por los rostros intercambiables de actores y actrices que hoy son una aristócrata rusa y mañana la compañera de un pirata o una duquesa británica del XVIII. Así pues, uno debería pensárselo muy bien antes de ver la adaptación al cine o a la TV de su novela favorita, no sea que su Mr. Darcy acabe convertido en Colin Firth. Ah, ¿pero esa no era la cara de Jorge VI?
 
 
 
 
 

lunes, 12 de octubre de 2015

SEAMOS CURIOSOS

 
Supongo que es buena señal que un libro como el de Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil lleve más de diez ediciones, aunque a veces tengo la impresión de que lo que predica convencerá sobre todo a los ya convencidos. Si he de atender a lo que observo a mi alrededor, a la hora de orientar a los hijos hacia unos u otros estudios una gran mayoría de los padres se guía por el "¿y esto para qué te va a servir?". (Creo que conozco sólo uno que se mostró encantado de que su hijo se hubiese decantado por estudiar Filosofía: "Lo importante es que aprenda a pensar, el resto vendrá por sí solo", decía.)
Atinadamente, Ordine nos recuerda que:
"El estudio es en primer lugar adquisición de conocimientos que, sin vínculo utilitarista alguno, nos hacen crecer y nos vuelven más autónomos. (...) Sería absurdo cuestionar la importancia de la preparación profesional en los objetivos de las escuelas y las universidades. Pero ¿la tarea de la enseñanza puede realmente reducirse a formar médicos, ingenieros o abogados? Privilegiar de manera exclusiva la profesionalización de los estudiantes significa perder de vista la dimensión universal de la función educativa de la enseñanza: ningún oficio puede ejercerse de manera consciente si las competencias técnicas que exige no se subordinan a una formación cultural más amplia, capaz de animar a los alumnos a cultivar su espíritu con autonomía y dar libre curso a su curiositas."
Esto último, la curiosidad -que él designa por su nombre latino, para enfatizar su vertiente culta y desvincularla de la curiosidad que es simple afán de cotilleo-, el preguntarse por todo lo que nos rodea y el afán de saber lo que ignoramos, es el motor de todo conocimiento verdadero. Si reducimos la enseñanza académica a la mera obtención de unas competencias prácticas y de un título que lo acredite, nos encontraremos con una masa de gente que, una vez superada la edad escolar/universitaria entienden que ya no precisan aprender nada más. Sin embargo, lo que nos hace plenamente humanos es la pasión por saber, la curiosidad por aprender.  
 
 
 
A eso alude también la cabecera de este blog: los lectores curiosos a los que idealmente me dirijo somos no sólo voraces, sino también omnívoros. Si algo llama nuestra atención, perseguimos aquellos libros que pueden ampliar nuestro conocimiento al respecto; si un autor despierta nuestro interés, leemos toda su obra; las páginas de cualquier libro que caiga en nuestras manos están potencialmente llenas de pistas que nos conducirán a otros libros, y estos a su vez a otras pistas. No leemos para aprobar un examen, ni para cumplir un requisito, ni porque un determinado tema esté de moda. De hecho, a menudo nos encontramos buscando obras descatalogadas, rescatando de lo oscuridad de las bibliotecas a autores olvidados o leyendo acerca de asuntos que no parecen interesar a nadie más. ¿Por qué? No hay otro motivo que la curiosidad: el placer de aprender.  Seamos curiosos, pues.

lunes, 5 de octubre de 2015

RECORTANDO HISTORIAS

20.000 leguas de viaje submarino
 Las buenas ilustraciones, ya sean de álbumes infantiles o de novelas, deben ir más allá del texto: representar lo que el texto dice y al mismo tiempo aportar algo más que no está ahí, que es lo que añade la mirada del artista. Igual que un novelista selecciona una serie de aspectos de la realidad para confeccionar la historia que nos ofrecerá, el artista -dibujante, pintor, escultor, fotógrafo...- tiene una forma peculiar de mirar el mundo y es esa mirada la que luego nos devuelve una obra en la que reconocemos algo familiar, pero también algo nuevo, algo que nos sorprende, nos intriga o nos emociona. Su Blackwell es uno de esos artistas. Su obra consta mayoritariamente de lo que podríamos llamar "arte en papel", unas delicadísimas, casi inverosímiles, esculturas hechas a partir de libros. No es la única practicante de esta modalidad artística -en entradas anteriores he mencionado a otros-, pero para mi gusto es la que muestra mayor sensibilidad, o al menos la que a mí me resulta más evocativa y sugerente. En especial, porque Su no se limita a utilizar los libros como soporte o materia prima, sino que cada escultura guarda una relación directa con el libro a partir del cual está hecha, lo reinterpreta y lo traduce a un lenguaje lleno de magia y poesía.
 
El barón rampante
 
Tal como ella misma define su método de trabajo:
"Empiezo por leer el libro, luego selecciono una palabra o una frase y una escena que me inspira. Para representar el pasaje que he elegido, esbozo mi idea sobre papel, recorto las formas en las páginas del libro y luego pego las palabras de la escena sobre estas. Construyo físicamente imágenes a partir de las palabras que hay en la página."

Actualmente, esta artista está exponiendo en la galería Long & Ryle de Londres sus obras más recientes, agrupadas bajo el denominador común de "Viviendas", unas esculturas que incluyen viviendas como faros, casitas de madera, cabañas en un árbol y edificios, que parecen estar habitados porque a menudo están iluminados, pero que a menudo resultan solitarias y, sobre todo, enigmáticas. Invitan, desde luego, a leer la historia sobre la que se han construido.
 
El cuervo
Los buscadores de conchas
 
Cumbres borrascosas



La mujer cigüeña

Matar a un ruiseñor
 
 

martes, 15 de septiembre de 2015

CABALLEROS GASCONES

 
 
Es bien cierto que los viajes amplían horizontes, tanto los personales como -si uno tiene esa inclinación- los literarios. En estos días de final de verano, un viaje por tierras gasconas me ha permitido conocer de cerca la tierra natal de uno de los grandes personajes de la literatura romántica, el valiente d'Artagnan. Para quien no esté al corriente del asunto, es cierto que se trata de un personaje de ficción, pero basado en alguien que existió en realidad, Charles de Batz de Castelmore d'Artagnan, nacido entre 1611 y 1615 (no hay certeza en la fecha) en el castillo de Castelmore y muerto con honor durante el asedio a la ciudad holandesa de Maastricht en 1673. Como el héroe de ficción, Charles de Batz (d'Artagnan -en su partida de matrimonio firma como Dartaignan- era el nombre de la familia de su madre, que él adoptó al instalarse en París) era pariente del señor de Tréville, quien le ayudaría a entrar en la compañía de los mosqueteros del rey. Por cierto, que el nombre de "mosqueteros" deriva de que iban armados con un mosquete, algo que pocas veces se ve en las películas de espadachines que luego han inmortalizado a este cuerpo militar. Charles de Batz no sólo fue un aguerrido luchador y un mujeriego impenitente -igual que su contrapartida de ficción-, sino que contó con la confianza del rey Luis XIV hasta el punto de que este le encomendó la detención de su ministro de finanzas, Nicolas Fouquet, a quien llevaría durante tres años de prisión en prisión, y le nombró gobernador de Lille. Pero por muy grandes que fuesen sus hazañas, hubiese permanecido en la oscuridad de la historia de no ser por Dumas, quien a su vez sacó buena parte del material biográfico de unas apócrifas Mémoires de M. d'Artagnan, escritas por un tal Gatien de Courtilz de Sandras en 1700. Aunque el autor no conoció en persona a su héroe, sí debió de recopilar mucha información sobre él durante su encierro en la Bastilla -entre otras cosas, se dedicaba al panfleto político- cuyo alcaide era por aquel entonces Besmaux, que había sido compañero de d'Artagnan. A mí me parece fascinante la manera en que la literatura toma a un personaje real y, a través de varias encarnaciones novelescas, lo convierte, como en este caso, en alguien inmortal.
Por eso, no podía dejar de visitar Lupiac, el pueblo natal de nuestro héroe, un lugar pequeñísimo y no tocado apenas por el progreso, cuyo único reclamo turístico reside en un par de estatuas -una de ellas en la única plaza del villorrio- y un museo que no es gran cosa.
 
 





Pero es que esos cuerpos formados por los "cadets de Gascogne" tienen mucha historia y mucha literatura. La palabra "cadet" -incorporado ahora al francés con el sentido de "hijo pequeño de una familia"- proviene del gascón (una variante del occitano) y designaba  a los hijos menores de las familias de la pequeña nobleza gascona que, dado que no tenían esperanzas de heredar, partían a París a ponerse al servicio del rey. Estos "cadets" se ganaron fama de valientes, pero también de orgullosos y de mujeriegos. El propio Dumas subraya, nada más comenzar su novela, la primera de estas características:
"Don Quijote tomaba los molinos de viento por gigantes y los rebaños por ejércitos: d'Artagnan tomó cada sonrisa por un insulto y cada mirada por una provocación. Por esta razón, desde Tarbes a Meung, llevó siempre el puño cerrado, y por lo menos echó mano a la espada diez veces al día."
Por supuesto, también los restantes tres mosqueteros tienen su equivalente en el mundo real, aunque no siempre tan cercano ni tan ajustado a la historia como en el caso de d'Artagnan. Y esta compañía cuenta entre sus filas con otro personaje literario de altura: Savinien de Cyrano de Bergerac, que también formó parte de ella. Pero -cosa graciosa- el Cyrano real no era gascón, sino que nació en París y el Bergerac que añadió a su apellido el nombre de una propiedad que su padre, antiguo pescatero enriquecido, compró cerca de París. Sin embargo, el hecho de que la mayoría de los mosqueteros fuesen de origen gascón propició el malentendido, que se ha perpetuado hasta el punto de que el Bergerac "falso", ubicado en el actual departamento de Dordogne, pero dentro de la región histórica de la Gascuña, vive de los réditos turísticos de este personaje y cuenta incluso con una estatua suya en su municipio. Y las referencias cruzadas se multiplican: en el Cyrano de Rostand, d'Artagnan y Cyrano se encuentran. También otros autores supieron encontrar un filón en esta coincidencia, como el folletinista Paul Féval, que escribió nada menos que siete novelas con diferentes episodios de la rivalidad entre Cyrano y d'Artagnan.
 
 
 
 
No me dirán que no se aprende viajando. Al final, lo que más lamenté es no poder visitar la verdadera morada de d'Artagnan, el castillo de Castelmore, que sigue en manos privadas. A juzgar por las fotos que se exponen en el museo, sigue tan destartalado como cuando nuestro héroe lo dejó para ir en busca de aventuras.